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jueves, 15 de octubre de 2009

Cada Noche


Mis ojos no han dejado de mirarte.
aunque estés tan lejos, tan remota en el ocaso…

Más allá de catedrales centenarias
tu nombre dejé oculto bajo tierra.

Como un niño quise sembrarte en el olvido.
pero me encontré cada noche navegando en tu recuerdo.

Un río de sueños me arrastra al mar de tu memoria.
Eres una marejada que destruye el rompeolas del olvido.

Ojalá dejarás de aparecerte cada noche.
Excusada por mis sueños, tu rostro me ronda y me sonríe.

Quizás, si no tuviera que dormir podría olvidarte,
pero en cada noche, en cada sueño, está tu blanca sonrisa, tus ojos negros…

Y así como te veo, me resigno al despertarme,
y acepto que aunque navegue muchas leguas sigo anclado a tu recuerdo.

Hernan Lameda

martes, 28 de julio de 2009

La Constelación de Los Leones


El anciano cazador haló el gatillo. «¡Le di en medio de la frente!», exclamó. Era pleno mediodía. El metal del rifle era una plancha entre sus manos. Sigiloso, el anciano bajó el arma y con sorpresa vio que el león había desaparecido… En su garganta se acumuló saliva y desconcierto.

Sin embargo, él se armó de valor y caminó los treinta metros que lo separaban del bosquecillo donde había visto la melena del animal.


Recargó su arma. «Tengo todas mis balas listas», murmuró mientras sus ojos buscaban el menor indicio de movimiento. Sin embargo, cuando llegó a la espesura, no consiguió la anhelada fiera.

« ¡Aquí estaba… sus huellas están en todas partes, estoy seguro!!», dijo examinando la tierra del lugar. «Qué raro», pensó el cazador. « ¿Cómo puede desaparecer así un león?».

El sol lo flagelaba. Se quitó el casco y se secó el sudor que goteaba desde sus cejas. Se rascó la cabeza cuando recordó que unos nativos le habían dicho algo sobre un león espectral que aparecía y desaparecía en los recodos de la selva.

«Pero esas son bobadas…», se carcajeó mientras destapaba su cantimplora y sorbía su última ración de agua.

Su frente era un volcán de lava sudorosa. Mareado, se dejó caer y apoyó la espalda contra el tronco de un árbol. Cerró los párpados. Luego, cuando los reabrió, se quedó boquiabierto.

«¡Dios, pero si ya anocheció!», exclamó sin saber si había sido víctima de una insolación o si tan solo se había quedado dormido.


«¡Que hermosas!», pensó el cazador cuando vio la noche poblada galaxias y el ojo de la luna mirándolo desde el cielo.

En ese momento se sintió feliz. Era la primera vez que dormía al aire libre, en plena selva, sin mosquiteros y con la luz de las constelaciones.

Cerró de nuevo sus ojos y no quiso levantarse.
Dormido empezó a soñar …y en medio de sus sueños vio a una manada de leones. Entre ellos estaba el magnífico ejemplar al que le había disparado ese mismo día, el mismo que luego se había esfumado como por arte de magia.

Sin embargo, esta vez no era un león solitario: lo acompañaba todo un rebaño de felinos. Los ojos luminosos de aquella parvada lo acorralaron, pero él se sintió feliz de poder verlos a la cara sin la obligación de matarlos. «…pues a fin de cuentas todo es un sueño», pensó.
Cuando los leones de la noche se acercaron aún más y le arrojaron su fétido aliento en la cara, el cazador aún se sentía contento.

En el cielo brillaban las estrellas y las mismas se confundían con los ojos radiantes de aquellas bestias que lo rodeaban.

«¡Los ojos de los leones son como las estrellas!», pensó el viejo cazador sin apartar la espalda del árbol, sin moverse, sin acordarse de su rifle que estaba a un metro de su mano.

Al día siguiente, cuando los compañeros del viejo por fin lo encontraron, se sintieron horrorizados. No entendían cómo era posible aquello: el más experto cazador, el maestro, se había dejado devorar así como así...sin haber usado su arma que estaba lista y con todos sus cartuchos.


Hernan Lameda

jueves, 2 de julio de 2009

Botellas en el Mar


A veces, jugamos a los náufragos
intercambiando botellas en el agua…
botellas que encierran un mensaje
destinado a otro náufrago en su playa.

Muchas veces estuvimos tú y yo cerca,
y nunca pude arribar a tu ensenada.
Pero hace poco estuvimos codo a codo
y la luz de tu faro centelleaba.

A veces me confunden tus señales.
Como un barco en la neblina me extravías.
Anclado permanezco en mi ribera…
Tú te quedas en tu isla, yo en la mía.

Pero si la luz sobre tu arena es verdadera
zarparé feliz, sin mensajes ni botellas,
y por fin estaremos frente a frente
los dos sobre la misma tierra.

Hernan Lameda

miércoles, 1 de julio de 2009

Botella de Vino


La apuesta era sencilla. « ¡Me gusta el vino! », me dijo ella. Sin perder el tiempo caminó hasta la cocina, abrió la nevera y regresó con las curvas de una botella entre las manos. Tenía en sus ojos una chispa maliciosa. Yo me quedé mudo cuando ella me entregó aquel objeto de vidrio cuyo contenido nos seducía y asustaba.

— ¿Pero por qué, justo en este momento, quieres tomar vino?—le pregunté.
Ella se encogió de hombros.
—La cosa es simple—me dijo—…sin el vino, nada funciona. El único detalle es que no tengo sacacorchos. Así que si logras destapar la botella sin romperla, ni llenarte las manos de licor, ni hundir el corcho en ella… todo será posible.

Pasé toda la noche probando con tenedores, cuchillos, un lapicero, un cortaúñas y hasta con un gancho de ropa. Estuve a punto de lograrlo, pues el tapón aflojó cuando lo perforé con un tornillo y un desarmador de estría. Me sentí feliz, pero de repente algo resbaló y zassss… el corcho naufragó en el alcohol.

—¡Perdiste!—ser burló ella—.Lo siento mucho…

Desde ese día, voy con un koala o un morral a todas las fiestas y eventos. Mis amigos me miran intrigados, pero yo prefiero estar preparado contra todo. Cargo conmigo siempre un sacacorchos, una tijera, ganzúas, alicate, engrapadora y hasta un probador eléctrico… cualquier tipo de herramienta imprevista y absurda, lo que sea, para nunca más perder una apuesta.

Hernan Lameda

lunes, 29 de junio de 2009

La Culpa es de Luis...

Cuento Comunal

Ciudad, dama luminosa de alma oscura que abrigas temores y fantasías. Entre esquinas y faros de relucientes cocuyos y luz de neblina cruza la brisa.

Te busco en cada esquina, te busco en cada faro. He recorrido todos tus lugares, y aunque te pude encontrar, tú no quisiste verme. Ahora soy yo quien ya no quiere ser encontrado ni visto, en esta agitada ciudad.


Sin embargo, no dejo de pensar en ti. No puedo, te trato mal, te alejo, pero no puedo. ¡Te escurres como una imagen subliminal detrás de todo! Eso no era parte de mi plan. ¿Eres tú el que se ríe detrás de la luna? Abandona ese lugar, me rindo, tómame de nuevo.

Déjame fluir por tus calles, alójame en el túnel de tu mirada; permite que vuelva a tus plazas y enséñame, reinvéntame, volvamos a besarnos ahora que ya no importan los espejos. Ahora que no nos mira nadie instálate para meterme debajo de tu piel, calentarte en tus noches, olerte en el día y reconocernos cuando nos miremos.


Si puedes…sólo si puedes llenar tus ojos nuevamente de mí. Sólo si puedes recordar las texturas, los aromas, los sentidos que una vez te dejaron ciego. Y a veces pienso que no podrás. Como a mí te dolerá tanto que preferirás apresarme en tu memoria.


Y, hablando de memoria, ¿Alguien podrá recordar los nombres de todas las esquinas de Caracas?



jueves, 25 de junio de 2009

Voces y Equipajes

Tu voz germinó en mis recuerdos
del tiempo en que fuimos fugitivos.
Evadidos del algebra y los libros
nos refugiamos en el patio de la escuela

Siempre hablabas tú.
Tu voz era un río de anécdotas perfectas.
Eras mujer, risa y palabra.
Tu mirada, quizás, buscaba los planetas.
O, simplemente, imaginabas
sutiles formas en las nubes viajeras.

Yo me quedaba en silencio.
Cada frase tuya era tan honda y risueña.

Ni siquiera quise hablar aquella tarde
cuando destrozamos una laja de piedra
y sorprendimos a una salamandra durmiendo
en el sueño anfibio de las yedras.

La distancia es más larga que tu voz.
Por eso, guardo tu sonrisa y tu acento,
embaladas en un rincón de mi equipaje
para cubrirlas del olvido y el tiempo.

Hernan Lameda

jueves, 18 de junio de 2009

A Veces

A veces, en el ascensor
sólo somos dos extraños:
Dos absurdos,
como la humanidad que sube y baja.
Azotados por un huracán de negaciones,
contemplamos el reloj,
para evitar nuestras miradas.

A veces; bajo la dicha del árbol en la plaza,
quiero contarte mi vida, mi infancia y lo que quiero…
pero volteo y te miro callada y ausente
y entiendo que estás fuera de mi vida y de mi tiempo.

Pero justo en ese instante te volteas
y me obsequias la alegría de tus grandes ojos negros…
como un relámpago imprevisto me capturas
y sonríes apenada y nada puedo
decir cuando me dices :«¡Perdón!»
por no haberme escuchado.

Como una ola vas y vienes, no te cansas,
de llegar a mis arenas y volverte
hacia el mar invisible hecho con tus pensamientos
cada vez que volteas tu mirada.

Hernan Lameda

martes, 9 de junio de 2009

Cuento Comunal


Se miró en el espejo y no sólo se vio, sino que descubrió doce cabezas más, todas mirándola e introduciéndose en su mirada y en su recuerdo. Entonces pensó que todo era demasiado natural, natural y predecible; y que hastiaba de esos descubrimientos cotidianos. Unos descubrimientos que quizá sean cotidianos para algunos, pero cuando soy yo quien lo descubre y quien lo vive, no son naturales sino atípicos. Duelen, pegan, hieren y lastiman. Porque el dolor no es cotidiano, es el umbral que debemos cruzar para crecer, aprender y entender que somos criaturas condenadas a traspasar esa frontera para tocar la gloria con la punta de los dedos, al menos en alguna ocasión. Umbral que es cada vez más bajo y accesible. A través del que nos mostramos, y lecho en que descansamos mientras morimos.

Pero nadie puede decir que no hay una luz al final, quizás, como el faro de un tren que viene desde lejos y se acerca y sentimos el temblor de las vías bajo los pies. Y justo antes de morir aplastados te arrodillas y cuando silencia la noche decides buscar tu propia luz. La luna se abre en una sonrisa de gato. La vida se te escapa con cada respiración. Tu piel se eriza porque presiente la muerte y entonces, lo recuerdas. Al llegar la muerte la pudo espantar aferrándose al recuerdo de su niñez. Cómo sustituía piscinas por tambores de petróleo llenos de agua, en los que pasaba el día remojándose hasta que la piel se le arrugaba tanto que volvía a la vejez, y se descubría espantando la muerte.

Era un círculo vicioso, eterno, donde la vida ganaba, siempre ganaba. Ella reía, entendiendo que el círculo vicioso era más divertido que la burla a la muerte. Cerró sus ojos y dejó que las gotas frías le cubrieran el rostro, el juego estaba terminando. Un juego donde perdió el último hálito de fuerza que su alma pudiera albergar. Cada gota petrificó sus sueños pero no su sonrisa, porque ésta surgió de la burla a la vida. ¿Qué importaba entonces la muerte? ¿Por qué te vas vida? No me has dado tiempo de hacer lo que quiero. No he dejado huellas para los que dejo y los que vendrán. No me has dejado descansar la cantidad de amor que me sobra. No quiero ser egoísta con mis sentimientos. Y ahí quedó sonriente, aunque intensamente todo su yo lloraba, gritaba, se desgarraba, porque aquél era el momento en que más viejo se sentía y ya no tenía más tiempo…

Raquel, Karina, Nathaly, Dafne, Miriam, Hernán, Nora, Margarita, Gisela, Remo, Nurit, Iliana

Nuestro Primer cadáver exquisito


Los doce labios se abrieron cuando llegó la tarde.
Es que si esto no es vida, entonces ¿qué es?

La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?

Hoy hay oscuridad… mañana aunque se vea lejano, habrá luz y será mejor.
El amor es tan intenso que siempre te da una oportunidad para empezar de nuevo.

Me encanta saber que no estoy sola. Qué gusto poder abrir un espacio para la compañía.

¿How can I miss you, if you don´t go away?

Y es que entre poetas las alas se funden y los espejos se intercambian.
Pestañeó buscando el brillo en algún lugar de sus ojos muertos.

Vete lejos, vete silente, vete despacio, tan lento que mejor te quedas.

Vivir o morir, ¿cuál es la diferencia? Una tumba.


Raquel, Karina, Nathaly, Dafne, Miriam, Hernán, Nora, Margarita, Gisela, Luis, Iliana