lunes, 24 de mayo de 2010

Visión Fugaz

Solo éramos un par de chicuelos de 8 y 9 años, jugando y peleando por el mejor puesto en la parte trasera del auto, mi madre sentada en el puesto de acompañante, entretenida con las cuentas por pagar y mi padre que conducía sorteando los profundos huecos de una carretera vieja, sola y desdichada, mientras regresábamos de un corto viaje.
Cuando de pronto escuchamos un chirrido ensordecedor, seguido de un batuqueo, que nos hizo movernos hacia adelante muy bruscamente, mi hermano y yo desde el asiento trasero creíamos que nuestro padre se estaba durmiendo y por eso el frenazo, la acción causó una franca sonrisa en nuestros inofensivos rostros , la que inmediatamente fue borrada por mi madre quien nos exigió con voz resquebrajada y angustiada que metiéramos inmediatamente nuestras cabezas al fondo, y que por nada del mundo nos asomáramos, desde luego que obedecimos aunque sin entender nada pero mientras lo hacíamos cruzamos miradas pícaras bajando lentamente a ver si nos daba tiempo de ver algo, pero solo alcanzo para divisar un bululú de carros, gente y luces
Sentimos que el auto se detuvo, y que voces agudas externas exigían auxilio, pedían que les llevaran a un hospital, gritaba una voz fuerte q había un mal herido, a lo que mi padre se excusó diciendo que traía dos pequeños atrás y que no podría ayudar.

Varias personas se asomaron en las ventanas traseras para constatar que lo recién escuchado era cierto, vi a un hombre bigotudo con ojos desorbitados mirarme intensamente, expresión que me asustó tanto que abracé a mi hermano, el cual se zafó con un desdén muy común de esa edad.

Escuchamos por parte de mi padre pronunciar un “suerte amigo”, seguido de un “Gracias” al cual le precedió un “siga adelante”, fue entonces cuando David y yo nos subimos poco a poco hasta el respaldar del asiento trasero del auto y observamos fijamente el desalentador panorama, algunas personas que detenían a los carentes autos que por allí circulaban, un carro blanco con un hueco en el capo y el vidrio resquebrajado, algo que parecía una bicicleta patas arriba a la que aún le corría la rueda trasera y por último y algo alejado de ese escenario, enmarcado en un rojo profundo que corría como un caminito hacía el nivel más bajo de la vía, el cuerpo todavía con signos de vida, asumo que de un hombre, al que aún le temblaban sus piernas, vestidas con un pantalón blanco leche que impresionantemente desde el vidrio trasero del carro no se veía manchado. Allí me quede pegada en esa visión hasta que vi que las piernas se dejaron de mover y quedaron inertes, la imagen se fue disipando mientras el auto seguía alejándose.
Miriam Barroeta

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