jueves, 22 de octubre de 2009

Desde Nuestros Bancos


La diversión comenzaba apenas despegaba los pies del piso para impulsar el columpio. Mi mamá, mi hermanito y yo pasábamos la tarde en el parque. El protagonista era un tobogán inmenso de cemento pulido.

Ella se armaba con el periódico del día, para pasar al menos dos horas sentada en un banco de cemento, mientras nosotros nos mimetizábamos con todas aquellas atracciones.

Día a día probábamos las leyes de la física: para deslizarnos más rápido en el tobogán, le echábamos talco. Estudiamos científicamente la eyección de nuestros cuerpos desde los columpios, evaluando en cada salto: altura y longitud recorrida por el participante, ganaba quien aterrizara más lejos a cualquier precio. Al hablar de precio me refiero a dientes partidos, quijadas rotas, rodillas y manos raspadas. Mientras, mi mamá leía y nos observaba desde su banco.

Si había llovido, se formaba un gran charco en donde paseábamos nuestros carritos amarrados con pabilo, ese gran pozo fue bautizado como el Río Macanuca.


Cada cierto momento me sentaba en el banco junto a mi mamá, distrayéndola de su lectura. Ella nos alertaba diciendo —vayan a jugar. ¿Para qué los traje, para que se sentaran?, ¡Pues no! Los traje para que jugaran, si se quieren sentar nos vamos para la casa— Allí quedaba ella observándonos mientras nos incorporábamos nuevamente al grupo.


La retahíla de su discurso seguía —pierden el tiempo aquí sentados en vez de ir a jugar, ojalá y nosotras pudiésemos jugar cada día como ustedes. Aprovechen que el tiempo se va rápido— pero cómo iba a entender eso si mis tardes pasaban despacito, tenían como 300 horas.

¿En qué momento transcurrieron tantos años que no me di cuenta? Imagino que pasaron mientras peinaba a mis Barbies y maquillaba como payaso a mis tías o cuando recortaba las revistas para fungir como editora y hacer nuevas de papel bond con fotografías de alta moda, que luego vendería. Puede ser que el tiempo se consumió como incienso, cuando mi mamá se sentaba como público risueño en la sala para ver mis shows de producción casera o, transcurrió mientras ella batallaba campalmente peinando mi maraña de cabellos logrando a duras penas un moño para mis clases y presentaciones de ballet. Se apresuró el tiempo y las dos estamos más entradas en años y en complicidades

Hace poco la acompañé al casino. Me pareció curioso que estos están llenos de soledad, pastillas para la tensión, insomnio, whiskey, propinas, comidas y ruido. Son una especie de crueles ancianatos que juegan con madres y abuelas desgañitadas que gritan bingo o jalan palancas. Sin embargo, eso no impidió que fuese hasta ahora uno de los mejores días que he tenido.


Al llegar noté que todas las tragamonedas son iguales, sólo cambia el muñequito. A ella le gusta jugar con una de monitos pero estaba ocupada, según sus palabras “por una vieja que seguro no sabe ni jugar”, mientras tanto escogió otra. Ahora era yo quien se sentaba a su lado a verla jugar. Disfruté de sus gestos, de su emoción al explicarme cómo funcionaba, de su sagrada compañía, mientras el tiempo me iba mostrando cuadro a cuadro la película que me dejaba detallarla con total calma, tal como hacía ella con nosotros en nuestras tardes de parque.


La física volvió a hacer de las suyas, esta vez para mostrarme el paralelismo del tiempo. Las dos nos observamos caleidoscópicamente. Era como si ambos momentos se podían tocar uno con otro e inclusive, intercambiarse y regalarnos imágenes que creíamos haber olvidado. Ella desde el parque en el banco de cemento y yo desde el casino en el banco de terciopelo. Yo inventando cómo atravesar con mi carrito el Río Macanuca y ella cómo pasar el monito de liana en liana, ella viéndome reír y crecer y yo viéndola olvidarse de sus angustias, de sus pastillas, de la política y sus dolores.


Fue mágico estar allí sólo con ella. Entre las dos borramos a todas las personas que estaban alrededor, cambiamos el ruido de las tragamonedas por canciones de Alfredo Sadel, tumbamos el techo para ver las estrellas que iban danzantes al compás de la luna. Quitamos las paredes y pusimos ventanales para que ella pudiese sentir la brisa y ver la montaña. Inclusive, en un momento las luces se atenuaron aún más para disfrutar del mejor ballet y cuando ya tuvimos que irnos nos montamos en un gran carruaje guiado por mariposas y luciérnagas que se acompañaban por las hadas que iluminaban nuestro camino de regreso a casa.


Qué cosas las que revivió mi caleidoscopio. Al guardarlo me quedé con lo mejor de la noche, con mi mamá. Me apena confesar que mi relatividad del tiempo me lleva a confundir la realidad, sin saber si ahora sigo jugando en el parque y el resto es una fantasía de quien seré en el futuro o realmente el tiempo pasa tan temiblemente rápido que al terminar de escribir esto haya envejecido sin darme cuenta y sólo esté recordando a la muchacha que fue un día al casino con su mamá, que al guardar su caleidoscopio se vio allí sentada esperando escribir en algún momento sobre ese día.


Supe que por hoy había terminado la diversión al volver poner los pies en la tierra o fue en la alfombra del casino.

Nathaly Salgado

viernes, 16 de octubre de 2009

Reporte de Seguridad

Ella vestía de negro con voluminosos accesorios rojos, a su lado se encontraba un hombre, que llevaba un traje impecablemente elegante, daban tiempo pacientemente a que llegara el elevador en una torre de oficinas. En la espera, se escuchaba la bulla de personas que a su alrededor se movían, mientras que la pareja se mantenía absorta en un silencio oscuro inquietado de vez en cuando por un cruce de miradas distantes.

Después de tres minutos aproximadamente en espera, llegó el ascensor, cuando se abrieron sus puertas entro primero la mujer, con un tumbado en las caderas que fascinaba, se apoyó en un rincón mirándose en el espejo, le siguió el hombre, de ojos de color y mirada tan pesada como un plomo, quien al entrar se adueño del lugar y, en cuanto se cerraron las puertas e inició el desplazamiento, presionó su dedo pulgar con la tecla de PARE, seguida a esa acción se vio una sacudida, un temblor, donde la mujer debió sujetarse de las ranuras de metal, para no caerse.

De inmediato, con un gesto feroz en el rostro y un movimiento inquisidor en las manos, ella
reclamó al hombre por detener el elevador, éste sin dejarle pronunciar palabra, la enmudeció con un profundo y a la vez fugaz beso, al cual ella reaccionó confundida, aunque visiblemente a gusto.

Tras algún intento de la dama para hablar, el hombre la silenciaba con seductoras caricias, besos y suspiros que recorrían su cuello hasta llegar a sus labios y aunque ella se resistía, las acciones del hombre la desarmaban.

Arriesgándose a que las puertas del elevador se abrieran, el hombre susurro a la mujer “perdóname, te amo” y comenzó a acariciar los prominentes senos, así como las curvas de su cuerpo, fiel representante a las formas de una guitarra. Ella, se dejaba absorber por ese momento glorioso, lujurioso y atrevido, además estaba totalmente excitada, su piel parecida a la de una gallina lo respaldaba. La mujer al fin, se dejo llevar por el desenfrenado momento, esos dos cuerpos sudorosos se convirtieron en uno solo.

Desvestidos casi en su totalidad, los pantalones de él yacían sobre sus pies, en los cuales se vislumbraban zapatos negros pulidos, su camisa de lino blanco tirada en el piso cual coleto, pisada por los elevados tacones rojos que ella calzaba, mientras que su falda de pliegues, hacía las veces de bufanda sobre su largo cuello.

Después del acto que les llevo a penas diez minutos que parecían toda una eternidad, se vistieron sin mucho apuro, él saco entonces de su bolsillo un solitario montado en un aro de oro blanco, o por lo menos eso parecía, que colocó después en el dedo de la agitada y sudorosa mujer, ella lo terminó de calzar en su anular, que revelaba una sombra blanquecina como si a ese lugar hubiese pertenecido antes, asintió su cabeza como quien acepta un compromiso, le beso tiernamente y al mismo tiempo pulsó el botón de emergencia, que de inmediato emitió un escandaloso sonido similar al timbre de un colegio. Al dejar de presionarlo, las puertas se abrieron casi inmediatamente, prontitud que asombró a la mujer, pero aparentemente no le dio mayor importancia.

Ya afuera del ascensor, un agente de seguridad les instó a que pasaran por el departamento de servicios médicos de la torre, a manera de constatar que se encontrasen en buen estado de salud, a lo que el hombre indicó no era necesario, que tanto él como su prometida se encontraban en excelentes condiciones, que ya todos sus conflictos habían acabado, entonces procedieron a marcharse de la torre, tomados de la mano.

Al ver por las cámaras de seguridad que ya todo estaba solucionado y que querrían marcharse, abrí las puertas del ascensor lo más pronto que pude…. Así concluyo el reporte diario del Jefe de Cámaras de Seguridad de la Torre de Oficinas.
Miriam Barroeta

jueves, 15 de octubre de 2009

Cada Noche


Mis ojos no han dejado de mirarte.
aunque estés tan lejos, tan remota en el ocaso…

Más allá de catedrales centenarias
tu nombre dejé oculto bajo tierra.

Como un niño quise sembrarte en el olvido.
pero me encontré cada noche navegando en tu recuerdo.

Un río de sueños me arrastra al mar de tu memoria.
Eres una marejada que destruye el rompeolas del olvido.

Ojalá dejarás de aparecerte cada noche.
Excusada por mis sueños, tu rostro me ronda y me sonríe.

Quizás, si no tuviera que dormir podría olvidarte,
pero en cada noche, en cada sueño, está tu blanca sonrisa, tus ojos negros…

Y así como te veo, me resigno al despertarme,
y acepto que aunque navegue muchas leguas sigo anclado a tu recuerdo.

Hernan Lameda

jueves, 8 de octubre de 2009

El Ascensor

Tatiana corrió unos metros para entrar al ascensor justo antes de que se cerraran las puertas. “Por los pelos” pensó. Las puertas se cerraron y la escondieron en una inerte oscuridad.
─¡Coño! Llego tarde y ahora esta mierda se para.
Buscó a tientas los botones, la luz de emergencia, lo que fuera. Apretó todas las teclas que encontró, pero todas parecían estar de adorno.
─Con el gafe que llevo últimamente, seguro que he cogido el único ascensor que se ha estropeado en todo el edificio. ¡Muévete, cabrón! ─le gritó a la caja oscura en la que se encontaraba.
Todo su cuerpo se vino abajo con un resoplido. Dejó caer los brazos y las carpetas que llevaba apretadas contra su pecho. Hoy se había se había dormido otra vez, el metro había tardado un siglo en llegar y ahora el ascensor la había tragado en un no-espacio y en un no-tiempo.
Un sudor rezagado empezó a manifestarse, fruto del sofoco de la carrera para entrar al ascensor y de la mente torpe, que no acaba de dar con ninguna historia convincente para explicar el tercer día seguido que no llegaba a la hora.
Una voz interior cada vez más lejana, todavía intentaba exigirle al resorte mecánico “Vamos, bonito, muévete. No me hagas esto, joder. Hoy no. Muévete por lo que más quieras.” Pero el cuerpo no la acompañó y las palabras se evaporaron entre las miles de bifurcaciones de su cerebro.
En medio de la nada negra, de pronto se sintió como desnuda. Instintivamente comenzó a estirarse la falda a colocarse bien la blusa y ordenarse el pelo. Más que por si se abría de repente el ascensor, por sentir los diferentes tejidos de su ropa en orden. Estaba vestida, y bien al menos. Todo no iba tan mal entonces. Sus pies querían salirse de los zapatos. Encontraba absurdo estar suspendida en el aire con tacones. De alguna manera aquella leve gravedad tiraba de sus pies hacia abajo. Estaba de puntillas encima del hueco del ascensor, ese precipicio angosto y estrecho como los vanos de las escaleras de sus sueños. Se quitó los zapatos con desespero, y al sentir la planta del pié reposar sobre una moqueta suave y plana, imaginó que se apeaba de un mal sueño.
Le vino a la mente el cuarto oscuro de la escuela, frío y húmedo. No se veía nada y el tiempo no pasaba hasta que la monja abría la puerta de golpe y le caía encima un saco de luz que la cegaba durante unos minutos; por lo menos ahora había ganado en estatus, este cuarto estaba todo forrado de moqueta, no hacía frío y estaba sequito. En realidad, se parecía más bien a los cuartos acolchados de los psiquiátricos. Si llegaba a un punto de desesperación grave, no había peligro de autoagresión, las paredes le rebotarían al centro o a la otra pared y ésta a la otra y así sucesivamente hasta…¿cuándo?.
Luego vino el cuarto oscuro de los fotógrafos; con una sonrisa pícara, cayó en la cuenta que curiosamente sus dos ex maridos habían sido fotógrafos de profesión. No creía que era el momento, ni el lugar adecuado para tales revelaciones, pero de nuevo volvía aquel laboratorio de sombras a revelar caras, gestos, paisajes…
Recordaba la danza de los líquidos, las bandejas, el agua, la emulsión, los papeles sensibles, la cuerda, las pinzas, las imágenes colgadas, y al encender la luz, como por arte de magia, aparecían las caras, los cuentos, las historias… ¿Sería así como funcionaban los recuerdos? Deambulaban en un cuarto oscuro infinito haciendo mil piruetas hasta que de pronto un guiño, un sentimiento o una luz los fijaba en un papel… ¿Por qué siempre tenía que haber un cuarto oscuro en la vida de uno?

Pero, ¿cuanta gente había con ella? ¿Estaba sola? ¿Quien estaba con ella? Su cuerpo reculó hacia atrás buscando la esquina del ascensor. ¿Cómo es posible que no supiera si había alguien con ella cuando entró? Con la retaguardia cubierta, agudizó la vista al máximo con el afán de penetrar la oscuridad y escudriñar el trazo de alguna silueta. Definitivamente la vista no era el sentido más apropiado para esta situación.
Volvió la respiración acelerada, pero esta vez no era la suya. Alguien o algo respiraba a destiempo a la altura de sus rodillas.
─¿Cuantos somos? ¿Quien está aquí? ¿Quién és?
Y no hubo ninguna respuesta, solo aquella respiración cada vez más apurada que venía de abajo.
¬─Responda por favor ¿Quién está aquí?
"¿Será un perro?" pensó, claro que si fuera un perro, se habría puesto a ladrar, a no ser que estuviera herido. Se agachó lentamente, dejando resbalar la espalda contra la pared del ascensor y sujetando las carpetas con una mano por si tenía que defenderse; se puso a palpar, con la otra, hasta dar con la solapa de un traje que estaba tumbado en el suelo. Tropezó con la cartera que le pertenecía, y del sobresalto soltó las carpetas y lanzó un grito irreprimible.
─Ahhhh! Un muerto!!! Que alguien me ayude, por favor!!!!
Su grito no descosió ni un hilo de aquella oscuridad. Ahora estaban la negrura tupida y dos respiraciones jadeantes desacompasadas. Con ambas manos, se puso a buscar la cara del muerto siguiendo la geografía del traje: solapas, cuello y por fin la cara. Tocó unos lentes, estaba sudando, …estaba caliente.
─Oiga señor, señor…─le repetía al tiempo que le meneaba la cabeza─ señoR, señor, por favor, señor…
─¿Y entonces, estamos los dos solos?, preguntó Tatiana, con un sentimiento doble de alivio por controlar la situación, pero con la ansiedad de saber que nada más estaban ellos dos, y ahí podía pasar cualquier cosa.
El señor le agarró una mano, y Tatiana le soltó una bofetada con la otra, como un resorte, como un acto involuntario, como si esa palanca hubiera activado los código atávicos de que hacer en caso de ataque. La mano se desplomó al vacío.
Su tacto le trajo la imagen de una mano que sujetaba las puertas del ascensor cuando ella entraba corriendo. Sí, era una mano blanca y pálida, y afilando aún más el recuerdo, la mano llevaba las uñas muy bien cortadas. Subía por la manga hacía arriba en su memoria y no veía más que un borrón de nervios que trataban de empujar hacia arriba ese maldito ascensor y estar allí en su oficina desde hacía rato.
El hombre sudaba y sudaba. Intentó darle unas palmaditas en la espalda, para subsanar lo de la bofetada de antes, pero pesaba muchísimo. Le retiró las gafas, le aflojó la corbata y el botón de la camisa.
─Ay! señor no se muera por favor. Esto es lo que me faltaba hoy, ─dijo ente dientes─ Pero ¿se puede saber que están haciendo ahí fuera? ─gritó al aire negro pidiendo explicaciones.
Empezó a chillar desesperada y a dar golpes con los zapatos en la puerta. Estaba sentada en el suelo marrón del ascensor, con su traje granate y sujetando la cabeza de un tipo al que no conocía.
Por la mejilla lisa empezó a manar agua. El señor estaba llorando.
─Ay señor, no se ponga triste, ─dijo mientras dio otro golpe con el tacón en la puerta─ que ahí fuera están haciendo lo posible por sacarnos de aquí. Piense en otra cosa, piense en su mujer y en sus hijos.
Y el agua manó con más fuerza.
─Cuando yo tenía miedo de pequeña, mi mamá me cantaba al tiempo que me acariciaba la cabeza. Eso relaja mucho. Usted va a ver.
Y Tatiana comenzó a limar aquella oscuridad con su voz.

Sol, solet,
vine'm a veure, vine'm a veure.
Sol, solet,
vine'm a veure que tinc fred.

Si el fondo de la escena hubiera sido un bosque romántico, hubiéramos pensado que esta pareja de niños se había ido de picnic con su manta de cuadros y la cesta de comida para hacer las fotos de un bonito calendario, pero así, todo en negro, a Tatiana le parecía más próximo a una imagen urbana de dos indigentes desahuciados pidiendo limosna en la calle.
La hebra de su voz iba tirando de la madeja del recuerdo melodías infantiles que le cantaba su mamá cuando era pequeña, poemas aprendidos en el colegio, estrofas de canciones que se le habían quedado pegadas….

Menos tu vientre
todo es futuro
fugaz, pasado,
baldío y turbio.

Y así, tapizando de colores las paredes de aquel cuarto oscuro, imaginaba que estaba con un tipo joven, de unos veinticinco o treinta años, alto y apuesto, economista –por lo de las gafas-, sin barriga, cuando de pronto (con la excusa de abrirle un poco más la camisa, y quitarle la corbata), se sorprendió palpando un poco más abajo y confirmando efectivamente que no tenía barriga.
Petrificada por su atrevimiento, enmudeció y el tapiz de arena se desintegró. Se apartó físicamente del tipo, que se había quedado dormido.
─¿Y si era un psicópata y tenía un arma en su maletín? La degollaría allí mismo, bueno primero la violaría y luego la estrangularía. Tenía que salir de allí como fuera.
─Gracias, soy claustrofóbico y no soporto los lugares cerrados, ─dijo el hombre recuperando poco a poco el ritmo de su respiración.
─ “¡Soy no-sé-qué-fóbico! No te digo, que tengo aquí al lado a un tipo psicópata de estos” Aquella voz que venía de la oscuridad profunda, le sonó a general calvo con parche en el ojo, avanzado en edad y con muchas, muchas medallas e insignias en la solapa, al mando de los ejércitos internacionales en una misión secreta.
Ella se había encaramado en un saliente que había cerca de los botones y empezó a gritar desaforadamente.
─Ay nooo! , por favor no me haga nada. No me mate por favor. Haré todo lo que usted diga. No le diré nada a nadie, pero por favor, no me haga nada. ¡Se lo suplico!
─Cálmese, que no le voy a hacer daño.
Mano por aquí y mano por allá, blandiendo desde un hacha hasta un florín, sin querer, le volvió a dar una bofetada.
Ambos se quedaron parados, inmóviles y en silencio. El tiempo se detuvo siglos en aquel instante. Ningún pensamiento pasó por sus mentes. Los gestos quedaron congelados y la oscuridad se tragó las miradas. Pero la biología que es muy sabia siguió su curso y dentro del lagrimal de Tatiana se fue formando un cúmulo de agua que inundó el embalse de sus ojeras, arrastró restos de rimel y se desbordó por la mejilla hasta saltar en caída libre en el rostro del extraño.
(continuará...)

Se admiten y se piden sujerencias para darle un final a la historia. ¿Sacamos a los persdonajes del ascensor? ¿como? ¿les ponemos alguna dificultad más de la que se ponen ellos mismos? ¿Hacia donde les llevamos en la segunda parte de EN EL ASCENSOR? ¿Que harían ustedes?

María José Rueda

martes, 11 de agosto de 2009

La Creación


En el principio de los días, enardecidos ante El que todo lo puede, clamaban justicia los elementos.

—No es justo —decía la tierra—. Yo tan pesada, tan sucia. ¡Me cuesta tanto moverme!

— ¿De qué te quejas Tierra? Tienes la posibilidad de estarte quieta sin ser molestada y entre tanto, construir cauces llanuras y montañas. Para moverte, pide ayuda al agua que te disuelve en pantano o te arrastra como arena diminuta. Si estás muy apurada te arremolina el viento y en forma de nube te lleva lejos. Y mientras duermes fecunda, anidan las semillas en tu oscuro seno, donde se renueva a cada instante el misterio de la vida y la muerte. El agua verterá en ti el alimento para que seas raigambre de pastos, frutales y árboles milenarios. Tienes la misión de dibujar el mundo y servirle de asiento donde marcar su huella.

—No es justo —decía el agua—. Soy tan transparente que no puedo guardar secretos. No puedo caminar, solo puedo fluir incansable por donde me ordena la tierra.

— ¿De qué te quejas agua? En una sola de tus cristalinas gotas existe un universo invisible de donde nacerá la vida. La tierra será tu fiel compañera. Será tu casa, tu descanso y tu rumbo. Cuando desees separarte de ella, te calentará el sol hasta transformarte en nube y viajarás lejos adonde el viento te lleve. Cuando tengas frío, te derramarás en lágrimas como hijo pródigo sobre la madre tierra.

—No es justo —decía el fuego—. Tengo que esperar a ser descubierto.

— ¿De qué te quejas fuego? Existes desde el primero de los días cuando exclamé: ¡Que se haga la luz!
Durante el día, te recluta el sol que te sostiene a una distancia suficiente para brindar luz y vida al mundo allí abajo. Viajas en el aire, en el agua, en cada corpúsculo de tierra como diminuta chispa que al contacto gesta y alumbra todo lo vivo. Y durante la noche te desparramas en estrellas, te contemplas enamorado en el espejo lunar.

—No es justo —decía el aire—. No tengo descanso. Soy tan liviano que no puedo dejar de moverme. No tengo una casa para guarecerme ni una cama donde soñar.

— ¿De qué te quejas aire? Eres el mensajero del universo. Viaja en ti la palabra y la música. Y cuando descansas, sostienes cometas, inflas velas que surcan los océanos, te arropas de agua en burbujas y espuma.

—No es justo —seguían repitiendo—.

Y sin escucharlos, decidió Dios que hasta el fin de los días, no podría alguno vivir sin los otros.
Juntó primero agua y tierra para formar barro y modelar sus cuerpos, con una chispa de fuego les concedió el movimiento y la vida y por último ya cansado, suspiró incrustando en ellos un pedazo de su alma.
Nora Palacios

lunes, 10 de agosto de 2009

Asuntos de Vital Importancia

Arianna abrió la puerta del desolado cuarto, la oscuridad irrumpió en el eco de sus pasos. La muerte también había entrado en esas cuatro paredes.

Encendió la luz y caminó, cuidadosa de no tocar nada. La vieja cama destendida, una taza cargada de café de hace tres días y un libro abierto besaba el suelo. La actividad del cuarto estaba suspendida, esperando que el dueño retomara lo que había dejado a medias. Arianna se apresuró a abrir el closet, de donde sacó un bolso grande. Sin ánimos de pasar más de lo necesario en esa pequeña alcoba se dedicó a despejar el clóset de los viejos atuendos de su padre.

Había fallecido tres noches atrás, y enseguida sus amigos localizaron a Arianna, su única hija. A medida que sus manos viajaban por la vestimenta del viejo hombre, Arianna reconoció lo mucho que había adelgazado desde la última vez que lo había visto. A pesar de los intentos de encuentros que generaba su padre, los largos y demandantes viajes laborales de Arianna fueron la excusa perfecta para mantenerse alejada de él durante los últimos cuatro años.

La chica se detuvo para mirar a su alrededor. ¿Cómo un hombre medianamente respetable podía vivir en esas condiciones? Cortinas curtidas cubrían la ventana, la madera del piso estaba rasgada e infinitos objetos sin valor ocupaban cada mueble y rincón del cuarto. Pero Arianna no sintió más que una milésima de lástima por él.

Volvió a su faena de desocupar el cuarto. Debía entregar la casa al arrendador para el final de la semana. Cuando había bajado cada prenda de ropa, Arianna se paró de puntillas para despejar la tabla superior del clóset. Sin medir fuerzas haló la caja que reposaba arriba, tirándola al suelo y esparciendo sobre él: sobres, periódicos, mohosos libros, fotografías sueltas y finalmente un libro de recortes que cayó abierto.

Al recoger el desgastado libro, de sus páginas se deslizó un juego de cinco hojas amarillas, arrugadas, manchadas de tinta en los bordes. Se trataba de una lista titulada:

Asuntos por hacer de Vital Importancia

Arianna torció los ojos y negó con la cabeza. Desde niña había tenido que lidiar con los incongruentes deseos de su padre, causantes de sus innumerables mudanzas durante su niñez, y factores detonantes en su inevitable deseo de salir corriendo al cumplir dieciocho años.

Sentada sobre la polvorienta y desnivelada madera del piso Arianna no hizo más que preguntarse qué clase de beneficios trajeron esos largos y ambiciosos viajes, los caprichos, las extravagancias, las inoportunas ideas de negocios que no hicieron más que limpiarle el bolsillo por completo, y al final de todo, el hombre había pasado sus últimos años brincando de apartamento en apartamento, sin más que con algunos dólares bajo el colchón y prácticamente viviendo de la ayuda de sus fieles amigos.

Arianna estudió la lista que reposaba en sus manos, notando que todos los puntos estaban seleccionados bajo una columna de "cumplidos".

Ser parte de la tripulación de un barco

Conocer Nueva York

Vivir en Nueva York

Hacer un Safari

Entrar a un equipo de Beisbol

Vivir en Londres

Tener una hija

La joven se detuvo a observar que su presencia no era más que un ítem en una larga lista de cosas por hacer. Pero de alguna manera, el hecho de pensarlo no le ocasionaba ira, ni angustia, ni desprecio. Todos esos sentimientos se habían empolvado con los años; en su pecho no había más que un aire de resignación.

"Buscar el Dorado", leyó, frunciendo el ceño. Quizás eso explicaba los tres años en que su padre se ausentó para aventurarse en el Amazonas. Le sorprendió que estuviese seleccionado como cumplido, hasta que leyó en la casilla de comentarios: Puede que la ciudad perdida sea sólo un mito, pero la paradójica e imponente selva es más valiosa que el oro puro.

Una pequeña y seca risa abandonó la garganta de Arianna, y sus dedos comenzaron a hojear la lista con más detenimiento.

Enamorar a una mujer Italiana

Tomar sake en una casa de Geishas

Tener una pizzería

Bucear en Australia

Conocer Moscú

Llevar a Arianna a Marruecos

Arianna siguió, encontrando su nombre en más de una de las cosas por hacer de su padre. Efectivamente recordaba las infinitas veces en las que él logró involucrarla con sus cosas. Desde pequeña le molestaba admitir que su padre tenía un don de convencimiento tan poderoso como peligroso. Ese viaje de dos meses a Africa le había costado a Arianna el año escolar.

A medida que sus ojos escaneaban con más detenimiento la vieja lista, no dejó de admirar como cada una de las hazañas estaban seleccionadas bajo la casilla de "cumplidos". Todas, excepto una, la última, la más reciente.

Reconciliar a Arianna conmigo

Arianna se detuvo, evitó respirar en los siguientes segundos. Lo que la congelaba de la frase era el orden de sus determinantes palabras. Los fallidos intentos de su padre por acercarse a ella durante los últimos años se resumían ahí, en reconciliarla a ella con un hombre imposible de cambiar.

La primera lágrima del mes se derramó de los ojos de Arianna, tiñendo el amarillo papel. Respiró profundo, y abrazó durante unos segundos la cálida soledad que la consolaba. Sus ojos se enfocaron nuevamente en la lista y pronto recordó que las viejas hojas de papel se habían escapado de un viejo libro de recortes. Cuando lo recogió para hojearlo encontró que sus hojas se regocijaban de fotos, frases, nombres, anécdotas, todo lo que acompañaba esa lista de asuntos pendientes.

Sonrió frágilmente, sus pequeñas lágrimas empezaron a invadir sus labios. Cerró el grueso y desgastado libro y dejando a un lado el trabajo que había comenzado, se dedicó a buscar un sitio donde pudiese viajar con calma a través de los cumplidos asuntos de vital importancia.

Karina Gallardo

viernes, 7 de agosto de 2009

De la Misma Costa


Dos islas en la vastedad del océano
soledad única y permanente.
Iguales en instantánea apariencia,
una ligera exploración las revela distintas
al mismo tiempo que coinciden minuciosas.

Siempre una al lado de la otra,
respetan la distancia de la eterna compañía,
tiempo en el que van recordando
que están hechas de las mismas cosas,
sujetas a los mismos ritmos .

¡Aire, fuego, agua y tierra!

Una de la otra malecón y atracadero,
resisten juntas la permanente arremetida del agua que las envuelve.

De cada una lagos y ríos con la intención de abrazarse,
disuelven en el mar el agua dulce de sus entrañas.

Cosechan a su paso arena diminuta,
madura hojarasca que la corriente de una
siembra en la orilla de la otra
y tratando de encontrarla la dibuja.

El fuego del sol ilumina para ambas
calienta sus tierras y alumbra nubes
Sopla el aire complaciente,
para que en una isla llueva la nube de la otra.

Con su cíclico crecer y morir alimenta la luna la esperanza.

Quizás puedan reunirse de nuevo
sin que nadie lo note en una noche oscura,
quizás arropadas las dos por una alta marea vuelvan a encontrarse
y develen cada vez el misterio que les permite mirar,
que ambas son tierra de la misma costa.
Nora Palacios

jueves, 6 de agosto de 2009

Bichos


No me siento para nada comprendida con respecto a mi fobia con los animales y los insectos. Lo vivo yo sola. Si se me ocurre comentar una cosita de nada, me mira como si me fuera a comer, como si el temita le hiciera la vida imposible. "No haces ningún esfuerzo", dice. Yo ni siquiera viviría en esta cabaña en medio del bosque. Odio vivir en una casa. Odio la planta baja. Siempre hay humedad y no hay luz; el lugar perfecto para todos estos detestables animales.

Me paso las horas vigilando el suelo en busca de cucarachas, hormigas, culebras y ratones, pero mientras vigilo por abajo, entran los mosquitos, las moscas y las avispas por arriba. Como no puedo atender los dos espacios a la vez, tengo el cuerpo lleno de picaduras. Mientras espío a los rampantes, hacen de las suyas los voladores. Todas las puertas y ventanas tienen mallas, debajo de la puerta también, por si entra una culebra, y siguen entrando. Esto es un bosque frío y aburrido en medio de Europa, pero parece el trópico.

El sábado, mientras cortaba el césped, encontró una culebra en el jardín ¡Dios mío! tan pequeña y delgada... se podía colar por cualquier rendija. "Por tu culpa", me dijo. "Si dejas crecer el césped, se crea un ecosistema y rápidamente los animales lo habitan, ¡pero como querías viajar... descuidamos el jardín! Un jardin necesita atención y lleva mucho trabajo. A ver si te entra en la cabeza. Il faut cultiver son jardin, Rousseau. ¿Te suena?"

Ahora me vino con estas. Rousseau, por tu culpa ya no se puede salir los fines de semana; el señor jardín necesita atenciones y cuidados, pero el asunto es que yo también vivo en esta casa, y también los necesito.
María José Rueda

Los Zapatos de al Lado



Cuántas veces hemos pensado en cómo seremos mañana, en cómo será cuando lleguemos al punto que nos trazamos como meta y digamos con un suspiro de por medio ¡Llegué! Nunca, y por Dios que no sea así.

Al leer las revistas del momento, cuántos se han imaginado caminando por la Gran Manzana cargados de bolsas, vistiendo como la estrella del momento, sin que nada sea una preocupación. Quién no ha deseado en muchas oportunidades poder obtener lo anhelado, luego de haberse esforzado lo suficiente como para que el éxito no sea muy tardío.

El tiempo es realmente perfecto. Honestamente el éxito, la meta, el fin, ese punto o como lo quieran llamar, llega cuando tiene que llegar y no sólo cuando queremos. Claro está, que debemos hacer lo posible para disfrutarlo antes de que el vestidito de la revista nos luzca ridículo en el cuerpo o en los años.

Hace mucho tiempo atrás trabajaba en una empresa en que, como la mayoría de las empresas, el baño era compartido en varios cubículos. Cada uno de los paneles que formaban los cubículos llegaban hasta un poco antes del piso, por lo que le podías ver los zapatos a quien tenías al lado.

En una oportunidad yo vestía unos zapatos súper estrafalarios, eran unas botas gigantes pero realmente bellas o al menos eso pensaba en ese entonces. En fin, estaba en ese baño con mis botas puestas, bajé la mirada y me fijé en los zapatos de quien tenía al lado. Se trataba, supongo, de una señora que había llegado a donde muchos deseamos. Sus zapatos, no solo eran hermosos, sino que era evidente que nunca habían pisado nada que los ensuciara y no por nuevos, sino por el camino que habían recorrido.

Me cuestioné: ¿Será que debemos ensuciarnos primero lo suficiente para llegar a nuestro destino? Aún no lo sé, solo sé que lo estoy transitando. Algunas veces con el barro en el cuello, pero caminado con la firmeza que me dan mis botas.

Siempre creí que a mis 30 tendría la vida más encaminada, para no decir resuelta, ahora pienso y doy gracias a Dios de que no es así, de otra manera todo sería realmente aburrido. Sin ningún propósito por el cual levantarme en la mañana, sin ganas de dar gracias cada día porque estoy viva.

No niego que en mis momentos de agotamiento desearía ser como Paris Hilton, pero definitivamente no me gustaría tener todo por nada, el sabor no es el mismo. Debemos seguir adelante cuidando cada cosa con la que nos comprometemos, guardándonos la fidelidad que nos merecemos, el respeto que nos prometimos y las ganas con las que comenzamos. No decaigamos en el intento y cuando fallemos sacudámonos el polvo y sigamos adelante... Qué más nos queda, sino vivir el ahora y sólo el ahora. Total, no sabemos qué pasará tan siquiera en el próximo minuto, no lo controlamos.

Vivamos y quedémonos sin aliento por cansancio, por esfuerzo y no por aburrimiento.

Ojalá en ese transitar nos consigamos con mucha gente divina que nos enseñe, pero también con muchos que no lo sean, para así distinguir al primer grupo inclusive a distancia. Que sean estos, los menos agradables, los que nos ensucian de barro, quienes nos den la fortaleza y hagan cuestionarnos si realmente deseamos eso por lo que tanto luchamos, porque son ellos quienes nos impulsarán, quienes nos retarán, no quienes nos limpiaran el camino de maleza.

Son estos, quienes nos harán conseguir la firmeza y el balance necesario para poder apreciar los buenos momentos, los buenos amigos, el esfuerzo hecho y la meta conseguida.

Por lo pronto, me doy cuenta que por mucho dinero que invierta en mis zapatos sigo con las botas bien puestas y muy llenas de barro y les aseguro que seguiré haciendo lo posible por ponerme ese vestidito de revista que tanto anhelo, no una sino varias veces antes de que me luzca mal.

Y sé que será así cada vez que alcance lo que me propongo: las metas cortas, las largas, las profesionales, las personales, las importantes y las banales.

No nos lo tomemos tan enserio y disfrutemos más el camino, consideremos que no es el éxito lo que nos da el sabor, sino el cómo lo conquistamos.

Nathaly Salgado

miércoles, 5 de agosto de 2009

Ruidos del Otro Lado

Todas las noches se dormían entre ruidos. Había conocido a esta persona en internet, con la que tenía constante contacto. No sabía quién era, si era mujer u hombre, si era joven o viejo, gordo o flaco.

Un día se aceptaron en un programa cibernético social y desde entonces no se habían dejado de comunicar. Nunca habían hablado, sólo compartido el ruido y el silencio.

Pasaban horas sentados enfrente de sus computadoras, con las cámaras encendidas, escuchando lo que hacía cada uno detrás de la pantalla.

Dos soledades conectadas que se necesitaban sin saberse. Les bastaba creer que no estaban solos en el mundo y que no importa cómo sean o qué hagan, hay alguien del otro lado que también está siendo y haciendo lo suyo.


Dos vacíos que se llenaban con el silencio o el ruido del otro.


No hay significados entre ellos, no los necesitaban.


Una noche no había ruido del otro lado, sólo un tormentoso vacío, una máscara sin cara, una puerta sin habitación, un lago sin agua. No pudo tolerar la falta de ruido y se atrevió a acabar también con el silencio.

Raquel Abend

Naturaleza y Magia


Después de varias vueltas perdidos, llegamos al camino de tierra angosto, que nos había indicado por teléfono el dueño del lugar. No había ningún tipo de señalización. Nos alejábamos cada vez más de la carretera principal, monte adentro. Llegamos a una reja, que estaba cerrada con un simple pasador. La atravesamos y continuamos subiendo por el sendero, intrigados y poco convencidos. No parecía que por ahí quedaría ninguna posada.

Caía la tarde. A medida que avanzábamos, el entorno iba cambiando para bien. El monte quedó atrás, ahora inmensos árboles y una exuberante vegetación haciendo reverencias, nos daban la bienvenida; más adelante, pudimos vislumbrar “La Cabaña de Los Abuelos”, ese era el nombre de una de las tres casitas que tenía la posada. Fue como llegar a la cabaña de los Robinson. Realmente bella y fascinante. Allí, nos esperaba Hugo, el posadero, quien nos recibió como si nos conociera de siempre. Amable, sencillo y directo. Después de darnos la bienvenida y hacernos el tour por la casa, nos dejó sobre la mesa de madera rústica, una lamparita, parecida a esas de gas que se usan en las películas de aventura. Antes de salir, nos preguntó a qué hora queríamos cenar.

Ya solos, mi hija y mi esposo, continuaron explorando la que sería nuestra morada por los próximos 2 días. Yo, clavada en el sitio, sin salir de mi asombro, giré 360 grados la cabeza para convencerme de lo que veía. Era sin duda un lugar fascinante. Decorado con exquisito gusto y un estilo que combinaba de maravilla, lo rústico con lo exótico. Adornos de indonesia, alfombras, hamaca tailandesa, grifos y ducha de bambú, techo de troncos de madera; en fin, por donde se mirara, había algo bello y especial.

Lo que me tenía contrariada y estupefacta era cómo digerir aquello.

Aclaro, vivo en Caracas. Una de las ciudades más peligrosas del mundo, donde la inseguridad acecha inclemente, en cualquier esquina.

Pues les cuento que la encantadora cabaña, no tenía paredes, por lo tanto, tampoco ventanas, ni ¡puertas! Estaba fusionada en perfecto abrazo, con la frondosa naturaleza del lugar.

Pensé, cien por ciento convencida: “yo aquí no me quedo”

Mi hija y mi esposo se reían de mi cara…

Entraba la noche. Y mientras ésta avanzaba, paradójicamente se apoderaba de mí un encanto especial. Decidí darle un chance a esa extraña seducción. Luego de acomodar nuestras cosas, nos dispusimos a ir al comedor de la casa principal, para cenar a la hora acordada.

Un gran agujero totalmente negro, era lo único que se veía fuera de la cabaña y justo por ahí, era el camino que debíamos tomar. En ese momento, mi hija sí que estaba asustada. El reto y la exaltación se apoderaron de mí con fuerza. Era el turno en la escena, de la pintoresca lamparita. En un punto del camino, decidimos apagarla y continuar a ciegas la travesía. Agarrados de la mano y con risas nerviosas, avanzamos por aquella boca de lobo, como tres niños que jugaban.

Advertir la compañía de las miles de estrellas en aquella negrura, mitigaba la zozobra. Sentir el susurro del riachuelo que corría a nuestro lado fue relax en medio del stress. Era inquietante no saber cuánto faltaba. Al rato, llegamos a un puente colgante. Lo cruzamos tambaleándonos sobre los palos de madera. En ese punto me volvió el alma al cuerpo, porque desde ahí ya se podía divisar a lo lejos, la casa principal. Igualmente cautivante, bellísima y abierta, con un patio para secar café muy grande en el centro. Resultaba difícil decidir entre ver cada detalle o todo el conjunto, nada parecía faltar ni sobrar, cada elemento de ese espacio despertaba interés y alimentaba nuestro deleite. Hasta esculturas precolombinas pudimos apreciar ahí, en medio de la amalgamada decoración.

Nos sentamos a la mesa elegantemente servida y disfrutamos una deliciosa cena, digna de la gastronomía de más alto reconocimiento ; amenizada por un concierto magistralmente entonado a cappella, por la vasta población de insectos del mágico lugar.

Tras la exquisita velada, regresamos a la cabaña. Para ese momento el lugar me había envuelto casi totalmente; embriagada de naturaleza y buen gusto, me sentía dispuesta a vivir intensamente la experiencia, con todo lo que ofrecía.

Justo al momento de dormir, desperté del ensueño y fui presa del conocido ruido mental. No podía sacarme de la cabeza lo vulnerable del lugar.- Cualquiera que quisiera podía entrar. Pensaba. Sentía que corríamos peligro. ¿Y los animales? También si querían, podían sorprendernos. Casi entré en pánico.

El encantador paraje me atrapaba, pero no me terminaba de hechizar. El ejercicio era árduo, mis paradigmas se imponían. Romperlos, soltarlos y confiar, eran la inalcanzable opción.

Tras horas de insomnio, fantaseando hasta con visitas del más allá, caí rendida por el sueño.

Amanecer ahí, fue un regalo. El mágico paisaje, a pleno sol, se pintaba con los colores de las más llamativas flores silvestres y exóticas, y de hermosas mariposas. El coro matutino lo entonaban la variedad de especies de pájaros propias del ambiente. El alegre riachuelo sorprendía en su recorrido, con cascadas heladas que nutrían pozos encantados.

La segunda noche, volvió de visita el ruido y esa vez repotenciado. Un árbol caído, había dejado sin luz a la posada. La oscuridad era insuperable y aliño perfecto para exacerbar mi paranoia. Sin embargo, el efecto hechizante del día, surtió sus efectos y mi estado de fascinación ganó la batalla. Pude seguir ahí, sin salir corriendo, hasta caer nuevamente, en profundo sueño.

Agradezco el haberme quedado. La oportunidad rompió mis esquemas, con ganancias infinitas.

No se queden sin conocerla. Es la posada Sierra Verde. Ubicada en Bejuma, Estado Carabobo. Un lugar privilegiado, en pleno ambiente de selva tropical. Diseñada por su dueño, un arquitecto que logró integrar su creación, con exquisito gusto y originalidad, a la exuberante naturaleza del lugar, con resultados que ofrecen una mágica y nutritiva experiencia.
Iliana Tugues

BES.O.S


Ya no quiero besos con dientes de lobo,
ni lágrimas de cocodrilo.

Ya no quiero besos soplados,
ni aires de despedida.

Ya no quiero besos de tinta,
ni lapices de colores.

Ya no quiero:"Besos para todos"
ni "un besazo guapa".

Ya no quiero un perfil desnudo
ni un bastón de ciego.

y definitivamente,
ya no quiero un ganso que vigile mi jardín

Necesito urgentemente:
transfusión de Paladar
que reciba sensaciones corporales no imaginadas,
Árboles
que escondan Secretos azules de Intimidad,
y
Ojos
que cocinen tortas de Naranja.
María José Rueda

martes, 4 de agosto de 2009

La Máscara

Disfraz de mis pasiones,
Ser con barreras.
Sin ti no soy nadie,
contigo no soy quien quisiera

Gracias a ti me escuchan,
contigo salgo a la escena.
Eres seguridad incómoda,
que atrapa mi esencia.

Te hice a la medida,
Pero usé materiales ajenos.
Aferrándome con el consuelo,
de sentirme querida.

Más vengo pisando espinas,
ramas secas hieren mi ser.
Mi rumbo no tiene orilla,
mi alivio tiene sed.

Dejarte me hiela por dentro,
Sin tu reflejo no me puedo ver.
Descubrir quién soy y qué siento,
me conduce a crecer.

Necesito escucharme en silencio,
y realmente me puedan oír.
Sin tu apoyo probar apoyarme,
en quien si soy y desea sentir

¡Sál verdad escondida!
Sin disfraz y máscara grises.
¿Para qué un Carnaval triste
y una vida sin alegría?

Quiero fiesta de colores propios,
al son de mi música interna,
que cada tanto intenta salir,
para no morir ahogada de pena

Esa mi meta de vida,
que hoy mi corazón alimenta,
acompañando a la niña asustada,
que mi interior alberga.
Iliana Tugues

miércoles, 29 de julio de 2009

Canto a un Ave Bajo Tierra


Mi amiga es una biblioteca donde leo las historias que escribo
en su silencio me encuentro
en su voz, firme y decidida, hay un aliento a menta y lirios.

Mi amiga se equivoca y se ríe como el cristal sincero.
Ciertos domingos, esa risa me despierta
golpea mi ventana como un carpintero de rápidas alas.

Sin razón, a veces vuelvo a las cartas que aún viven en baúles
releo sus errores, su infinita libertad, su temor a la muerte
la percibo tan cerca como siempre, mi amiga es infinita, no me abandona.

En la piedra pulida de su inteligencia me encuentro retada
en su diario, mis fotos de adolescente.
En sus memorias tristes, mi compañía, mis errores y faltas.

En sus regalos, mis amuletos.


Mi amiga vive ahora bajo tierra
se codea con gusanos y bacterias fosforescentes
toma el té de la tarde anticipando una psicodelia nocturna.

Desde allá en las colinas verdes del Este
despliega su falda de letras, una montaña exuberante de hojas blancas
para que yo escriba su historia y no sean olvidadas sus pasiones.

Serena como estoy por el agotamiento del llanto
desierto como soy por el efecto del viento,
mis dedos van a la tinta con tímido entusiasmo.

Aquí su mano bruja, alrededor de nuevos amigos poetas.
Ellos, en un azar nada inocente, escogen su aniversario para celebrar la amistad.
¡Feliz cumpleaños! mujer mariposa, amiga de todas las gotas, suelo fértil de las palabras.

Dafne Gil

La Última Imagen


Llegó con un cambur en la mano, ya estaba pelado y sin abolladuras. Agarró un cuchillo y le cortó los dos extremos, dejándolo como a una criatura perfecta. Yo seguía amarrada a una silla transparente, sin ropa y ya con el cabello totalmente raspado. Ya me había cortado las uñas y quitado las pestañas, depilado cualquier exceso de materia humana que impidiera dejarme lisa y pálida. Estaba metida en un cubo blanco totalmente iluminado. Pronto me iban a cortar la lengua y a encadenar mi voluntad, mi libre pensamiento y capacidad de sentir emoción. Se acercó y, sin decir nada, colocó al cambur que estuvo sosteniendo, en una silla a mi lado y nos dejó solos. Volvió a entrar y le puso mis uñas, mi cabello, mis pestañas y el corazón de una vaca amarrándolo con una liga azul oscura. Luego con un cuchillo le abrió dos agujeros para que me viera. No pasaron dos días, cuando le pedí que también me quitara la vista.

Raquel Abend

martes, 28 de julio de 2009

La Constelación de Los Leones


El anciano cazador haló el gatillo. «¡Le di en medio de la frente!», exclamó. Era pleno mediodía. El metal del rifle era una plancha entre sus manos. Sigiloso, el anciano bajó el arma y con sorpresa vio que el león había desaparecido… En su garganta se acumuló saliva y desconcierto.

Sin embargo, él se armó de valor y caminó los treinta metros que lo separaban del bosquecillo donde había visto la melena del animal.


Recargó su arma. «Tengo todas mis balas listas», murmuró mientras sus ojos buscaban el menor indicio de movimiento. Sin embargo, cuando llegó a la espesura, no consiguió la anhelada fiera.

« ¡Aquí estaba… sus huellas están en todas partes, estoy seguro!!», dijo examinando la tierra del lugar. «Qué raro», pensó el cazador. « ¿Cómo puede desaparecer así un león?».

El sol lo flagelaba. Se quitó el casco y se secó el sudor que goteaba desde sus cejas. Se rascó la cabeza cuando recordó que unos nativos le habían dicho algo sobre un león espectral que aparecía y desaparecía en los recodos de la selva.

«Pero esas son bobadas…», se carcajeó mientras destapaba su cantimplora y sorbía su última ración de agua.

Su frente era un volcán de lava sudorosa. Mareado, se dejó caer y apoyó la espalda contra el tronco de un árbol. Cerró los párpados. Luego, cuando los reabrió, se quedó boquiabierto.

«¡Dios, pero si ya anocheció!», exclamó sin saber si había sido víctima de una insolación o si tan solo se había quedado dormido.


«¡Que hermosas!», pensó el cazador cuando vio la noche poblada galaxias y el ojo de la luna mirándolo desde el cielo.

En ese momento se sintió feliz. Era la primera vez que dormía al aire libre, en plena selva, sin mosquiteros y con la luz de las constelaciones.

Cerró de nuevo sus ojos y no quiso levantarse.
Dormido empezó a soñar …y en medio de sus sueños vio a una manada de leones. Entre ellos estaba el magnífico ejemplar al que le había disparado ese mismo día, el mismo que luego se había esfumado como por arte de magia.

Sin embargo, esta vez no era un león solitario: lo acompañaba todo un rebaño de felinos. Los ojos luminosos de aquella parvada lo acorralaron, pero él se sintió feliz de poder verlos a la cara sin la obligación de matarlos. «…pues a fin de cuentas todo es un sueño», pensó.
Cuando los leones de la noche se acercaron aún más y le arrojaron su fétido aliento en la cara, el cazador aún se sentía contento.

En el cielo brillaban las estrellas y las mismas se confundían con los ojos radiantes de aquellas bestias que lo rodeaban.

«¡Los ojos de los leones son como las estrellas!», pensó el viejo cazador sin apartar la espalda del árbol, sin moverse, sin acordarse de su rifle que estaba a un metro de su mano.

Al día siguiente, cuando los compañeros del viejo por fin lo encontraron, se sintieron horrorizados. No entendían cómo era posible aquello: el más experto cazador, el maestro, se había dejado devorar así como así...sin haber usado su arma que estaba lista y con todos sus cartuchos.


Hernan Lameda

lunes, 13 de julio de 2009

Hefestos en Acción


Introduzco la llave en el enorme portón verde que abre hacia el taller. Mi llavero suena contra el metal y abre con el primer giro. Enseguida siento el olor de soldadura y del hierro esmerilado. Respiro hondo y miro a mi alrededor. Los rostros enormes de yeso me devuelven la mirada: uno me guiña el ojo tras el tirabuzón inventado, otro me manda un beso.

Dejo mi cartera y enseguida voy al fondo del taller donde descorro el enorme ventanal que es mi cuadro particular al Avila. Una trinitaria floreada de fucsia recorta una esquina del cuadro y los pajaritos me reciben alborotados.

Siento los brazos pesados y algo duro que se me asienta en la boca del estomago cada vez que vuelvo de dejar lejos a mis hijos, me hace difícil la respiración.

- Nunu, ¿porqué te vas a Caracas? - me pregunta mi nieta de tres años antes de partir.
Yo le hablo de la sorpresa que le traeré pronto cuando vuelva mientras el “duro” va creciendo en mi estómago. Siempre regreso de mis viajes invadida por la tristeza con una sensación de sin sentido que lo permea todo.

A un lado los troncos de madera acumulados en años de recolección en playas y excursiones reposan inertes esperando su destino. Bajo una capa de polvo los moldes me devuelven el revés de mis creaciones y esperan pacientes. El tanque de agua esta lleno de las ceras por retocar.

Toco las herramientas que dejé desparramados en mi mesa con el apuro antes de viajar. Levanto el desbastador y le paso los dedos. Arranco unos restos de cera del mango pegostoso y lo amaso entre mis dedos con la mente ausente.

Me pongo el delantal con desgano y saco la arcilla del pipote donde la mantengo húmeda. Me paro frente a la pieza envuelta y me dispongo a abrirla. Le desamarro los cordones uno a uno; quito los plásticos que éstos sostenían; toco los trapos que deje empapados de agua y compruebo que todavía siguen húmedos. Los quito uno a uno dejándolos caer al suelo. Cuando tengo la pieza descubierta delante de mi, me siento en mi banco y la observo. Es apenas un bosquejo de proyecto, una masa deforme de arcilla sobre una estructura de hierro que la sostiene. Pero en mi cabeza escucho como el chirrido de pesados engranajes cuando comienzan a andar. Me contengo aún un rato decidiendo por donde comenzar. Quito un trozo de arcilla de la derecha y con los dedos la pego en otro lado. La arcilla se siente fría y húmeda y tiene una capa de moho que la hace plástica y maleable.

Entrecerrando los ojos, me alejo un poco para ver el volumen y trato de definir algunas cosas, pero ya mis manos comienzan a actuar por su cuenta sintiendo que quedan rezagadas de las ideas que se agolpan en mi cabeza. Corto trozos del bloque de arcilla y voy agregando aquí y allá, tomando velocidad, respirando cada vez más de prisa. En algún momento encuentro una liga para recogerme el cabello. Me escucho jadeando. Es algo físico completamente involuntario como cuando trato de aguantar algún dolor o cuando hago el amor. Siento las gotas de sudor correr por mi espalda. Me siento como el cojo Hefestos que hace su catarsis al doblegar los metales al rojo vivo, forjándolos acalorado a su voluntad, sé que este es el sitio donde va a sanar el ser lisiado en el que me convierto cada vez que me alejo.

Horas más tarde, agotada física y mentalmente me tumbo en un sillón a observar mi trabajo. Veo mil cosas que todavía quiero hacer pero mi cuerpo no responde

- Nunu, ¿porqué te vas a Caracas? – Escucho a lo lejos a mi nieta.
- Porque este es el preciso lugar en el que ahora quiero estar – Me respondo desde el “duro” que ha comenzado a aflojar.
Nurit Birnbaum

lunes, 6 de julio de 2009

Basura

Su olor secuestra el aire que respiro.

No puedo reírme a carcajadas ni suspirar sin que cada bocanada de aire se torne nauseabunda. Me asalta y me interrumpe desde no se donde este olor dulzón.

¿Seré yo?

Está aislada la basura dentro de mi cuerpo, contenida en mis glándulas y en mi colon. No hace calor y si se escapara algo de mi sudor, sería inmediatamente neutralizado por el recuerdo del diario jabón, mi desodorante, y el exquisito perfume nuevo que me puse esta mañana.

Tengo pastillas de menta para mitigar mi aliento, son inodoras mis lágrimas, se diluye mi grasa en cremas y aceites, toallas olorosas absorben mi secreción vaginal.

No. No es mi basura y sin embargo me perturba, me desconcierta la memoria del olor dulzón de mi cuerpo descompuesto.

Nora Palacios

jueves, 2 de julio de 2009

Botellas en el Mar


A veces, jugamos a los náufragos
intercambiando botellas en el agua…
botellas que encierran un mensaje
destinado a otro náufrago en su playa.

Muchas veces estuvimos tú y yo cerca,
y nunca pude arribar a tu ensenada.
Pero hace poco estuvimos codo a codo
y la luz de tu faro centelleaba.

A veces me confunden tus señales.
Como un barco en la neblina me extravías.
Anclado permanezco en mi ribera…
Tú te quedas en tu isla, yo en la mía.

Pero si la luz sobre tu arena es verdadera
zarparé feliz, sin mensajes ni botellas,
y por fin estaremos frente a frente
los dos sobre la misma tierra.

Hernan Lameda

miércoles, 1 de julio de 2009

Embriaguez


Torno mis labios
para acostarte en ellos
rasos, delicados

te desbordas de mi copa.

Te coloco en mi distancia gris
para que tú mismo te acerques
te impongas en mi lengua
y amamantes la fragilidad que respiro

dando vueltas
humedeciéndote en mi pozo salival
sedoso y plástico.

Déjate regar lentamente
hazte líquido dentro de mí
como la uva roja que no encontramos jamás

liviana, miniatura, llevadera.

Gira en torno a la fruta
desenvuelve su capa
en pieles desnudas
muérdela,
devórala brillante

la capa afable, se derrama peligrosamente

el jugo baña tus labios
y yo los seco con mi saliva.

Recoge otra, limpia la tierra
desempolva la emoción

los dedos penetran
alejas las semillas que siempre nos estorban
y nos acercamos más

te atreves a conocerme
no me tengas miedo
déjate morder y derrámate
como un río dulce
por todo mi cuerpo
embriágame de ti
no dejes que enloquezca sin haberte probado.

Raquel Abend

Botella de Vino


La apuesta era sencilla. « ¡Me gusta el vino! », me dijo ella. Sin perder el tiempo caminó hasta la cocina, abrió la nevera y regresó con las curvas de una botella entre las manos. Tenía en sus ojos una chispa maliciosa. Yo me quedé mudo cuando ella me entregó aquel objeto de vidrio cuyo contenido nos seducía y asustaba.

— ¿Pero por qué, justo en este momento, quieres tomar vino?—le pregunté.
Ella se encogió de hombros.
—La cosa es simple—me dijo—…sin el vino, nada funciona. El único detalle es que no tengo sacacorchos. Así que si logras destapar la botella sin romperla, ni llenarte las manos de licor, ni hundir el corcho en ella… todo será posible.

Pasé toda la noche probando con tenedores, cuchillos, un lapicero, un cortaúñas y hasta con un gancho de ropa. Estuve a punto de lograrlo, pues el tapón aflojó cuando lo perforé con un tornillo y un desarmador de estría. Me sentí feliz, pero de repente algo resbaló y zassss… el corcho naufragó en el alcohol.

—¡Perdiste!—ser burló ella—.Lo siento mucho…

Desde ese día, voy con un koala o un morral a todas las fiestas y eventos. Mis amigos me miran intrigados, pero yo prefiero estar preparado contra todo. Cargo conmigo siempre un sacacorchos, una tijera, ganzúas, alicate, engrapadora y hasta un probador eléctrico… cualquier tipo de herramienta imprevista y absurda, lo que sea, para nunca más perder una apuesta.

Hernan Lameda

lunes, 29 de junio de 2009

La Culpa es de Luis...

Cuento Comunal

Ciudad, dama luminosa de alma oscura que abrigas temores y fantasías. Entre esquinas y faros de relucientes cocuyos y luz de neblina cruza la brisa.

Te busco en cada esquina, te busco en cada faro. He recorrido todos tus lugares, y aunque te pude encontrar, tú no quisiste verme. Ahora soy yo quien ya no quiere ser encontrado ni visto, en esta agitada ciudad.


Sin embargo, no dejo de pensar en ti. No puedo, te trato mal, te alejo, pero no puedo. ¡Te escurres como una imagen subliminal detrás de todo! Eso no era parte de mi plan. ¿Eres tú el que se ríe detrás de la luna? Abandona ese lugar, me rindo, tómame de nuevo.

Déjame fluir por tus calles, alójame en el túnel de tu mirada; permite que vuelva a tus plazas y enséñame, reinvéntame, volvamos a besarnos ahora que ya no importan los espejos. Ahora que no nos mira nadie instálate para meterme debajo de tu piel, calentarte en tus noches, olerte en el día y reconocernos cuando nos miremos.


Si puedes…sólo si puedes llenar tus ojos nuevamente de mí. Sólo si puedes recordar las texturas, los aromas, los sentidos que una vez te dejaron ciego. Y a veces pienso que no podrás. Como a mí te dolerá tanto que preferirás apresarme en tu memoria.


Y, hablando de memoria, ¿Alguien podrá recordar los nombres de todas las esquinas de Caracas?



sábado, 27 de junio de 2009

La Evidencia


Salvo quizás, por esa casi imperceptible gota de sangre seca, todo aparentaba estar en orden. Él había revisado cada detalle. La coartada era inexpugnable. Pero, inesperada, aparecía. La tarde la revelaba con trazos de luz.

Olvidaba al inspector. Formulaba las preguntas de rigor. Tras los anteojos era un halcón cayendo sobre su presa.
¿A qué hora asesinó a su esposa?— La pregunta, punzante, le estremeció.
Una perla de sudor afloró. Sus ojos, atrapados por el embrujo, resbalaron hacia la alfombra. Tras ellos, acuciosa, siguió la mirada del oficial. Una sonrisa coronó la sospecha. Afuera, azarosa, la vida continuaba.

Luis Bonilla

jueves, 25 de junio de 2009

El Vestido de Organza Blanca

Aquella calurosa mañana de junio, me vistieron con el traje de organza blanca que usé en el último cumpleaños al cual había asistido.

A mis escasos cinco años, la invitación a una fiesta era un gran evento. Mi madre me preparaba como si fuera yo la festejada. En aquella ocasión, como en todas las anteriores, mi mamá, cual arquitecto de fantasías, levantaba una a una, las paredes de mi castillo de arena…. Aún me parece escucharla: “Debes estar impecable el próximo sábado…” Veamos tus uñas. Tu cabello requiere un pequeño corte. Tendré que comprarte unos zapatos y unos ganchitos del mismo tono turquesa de la cinta de raso de tu vestido nuevo…”. Siempre íbamos juntas a escoger el regalo. Yo sugería el obsequio ideal para la cumpleañera o cumpleañero y me las ingeniaba para que al final comprara dos (por supuesto uno era para mí). Ella envolvía el presente, con el celo que se envuelve un jarrón de cristal y lo decoraba con el motivo infantil de la tarjeta de invitación de la celebración en cuestión.

El último cumpleaños al que me convidaron no fue la excepción. De un modo especial, el tono turquesa de mis accesorios, daba un aire de vida campestre, al fondo blanco de organza: En mi cintillo se enlazaban, a manera de enredadera, sutiles florecillas; el dije de la cadena que colgaba de mi cuello, era un pescadito con diminutos cristalitos al igual que la pulsera y los zarcillos. Imposible olvidar el bolso, no más grande que mis dos manos empuñadas, tejido en hilo turquesa. Mamá reía tanto con los payasos u otras atracciones en aquellas celebraciones, que muchas veces me he preguntado quién disfrutaba más esas fiestas infantiles; si ella o yo. Participábamos en todas las actividades que los anfitriones proponían y comíamos golosinas hasta reventar. Generalmente, ya para la hora del pastel, era tal el empalagamiento de ambas, que desistíamos de tomar un trozo. Mi padre nos acompañaba y observaba meditabundo desde la mesa, presto siempre a colaborar si yo me salía un poco de control; lo cual, debo reconocer, sucedía con cierta frecuencia (a veces, me dedicaba a correr sin parar e incluso en ocasiones, tropezaba sin querer a los otros niños; en fin, algunas otras travesuras más…). Camino a la fiesta, le asignábamos la importante misión de vigilar estrictamente, como quien cuida un fuerte militar, el cotillón, el centro de mesa, algún premio ganado en la fiesta, en fin, todo lo que íbamos recolectando desde nuestra llegada. El siempre cumplió cabalmente su misión. Jamás se perdió algo de nuestro tesoro y si fue así, se las ingenió para que yo no lo notara. Tesoro que a la mañana siguiente, lucía regado por todo el piso de mi cuarto. Destellos de diminutos papelillos multicolores se confundían con el fondo marino de la alfombra, a la espera de que las manos de mi madre, con guantes de paciencia, se apresuraran a recogerlo todo. Labor que desempeñaba, mientras, como siempre lo hacía, amenazaba con no dejar en otra ocasión, que yo trajera tantas cosas de las fiestas… Nunca lo cumplió. Entonces, mi papá se limitaba a contemplar el espectáculo, a la vez que me decía: “Ahora se quejará de lo manchado que está tu vestido y jurará que a la próxima fiesta iras con braga de jardinero”. No pasaban tres minutos cuando escuchábamos “ya verás, la próxima vez irás con braga de jardinero, hasta que aprendas a cuidar tu vestido”. Jamás nos atrevimos a comentarle que también ella llegaba a casa con rastros engolosinados en sus vaporosos trajes y que Petra, quien la ayudaba en los deberes hogareños, se nos quejaba en tono muy bajo, porque no sabía cuál ropa estaba más sucia luego de esas tardes festivas, si la mía o la de la señora de la casa.

Sólo que aquella calurosa mañana de junio, no usé el traje de organza blanca con la cinta de raso turquesa. En su lugar, usé una cinta del mismo material pero negra, que la mujer que me vistió dispuso para la ocasión. No recuerdo exactamente quién fue. Unas veces creo recordar el rostro de mi tía Andrea, de melancólicos ojos color café, con la nueva cinta en las manos. Otras, me llega a la mente la figura regordeta de Mery, prima de papá, colocándola en el pasacintas de mi vestido.

No entendía bien lo que pasaba. ¿Por qué no era mamá la que se encargaba de eso? Además, ella detestaba el color negro. Muchas veces la escuché decir que sólo los momentos fúnebres la obligaban a utilizarlo porque la hacía lucir pálida y desencajada.
Me preguntaba si mi mamá querría que yo usara esa horrible cinta negra. No podía imaginar una fiesta decorada de negro ¿Se habría equivocado? Rememoro mi voz llamándola, una y otra vez...

Ya empezaba a desesperarme cuando papá entró al cuarto. Jamás lo había visto tan serio. Parecía estar más bravo que cuando dibujé una playa en el espaldar de su sillón favorito, de piel color perla, con marcadores indelebles. Entró y me tomó por los brazos, aferrándolos a su cintura con una fuerza tal que me dolieron mucho; mientras los suyos abrazaban mi cuello. No lo vi llorar pero estoy segura de haberlo escuchado gemir. Y tal vez, de sentirlo temblar un poco cuando me abrazó ¿Sería que se dio cuenta de que faltaba en su escritorio, el cenicero de cerámica antiguo que había heredado de mi abuela? ¿Le habría contado mamá que lo rompí, por supuesto sin querer, cuando entré a la biblioteca en busca de una perforadora para mis labores escolares? Tal vez vio restos de los trozos rotos… Pero… ¿Cómo? Si mamá y yo los recogimos todos y los botamos con gran cuidado en una bolsita de papel marrón en el pote de la basura que está en la cocina y ¡él nunca bota la basura! ¿Qué otro daño hice en estos días? Me encontraba sumergida en el arqueo de mis tremenduras recientes, tratando de encontrar el motivo del mal humor de papá, cuando de repente él dijo con voz entrecortada: “Tu mamá murió en la madrugada. Termínate de vestir…” No sé qué más dijo. Sólo sé que no entendí absolutamente nada. Durante los cinco años de mi vida, jamás se había muerto mi mamá. Sólo podía percatarme de que lo que ella había hecho le molestaba enormemente a él.

Cuando salí de mi cuarto, ya vestida de organza blanca, con la cinta de raso negra, me percaté de que había muchas personas de visita, lo cual significaba con toda seguridad, una exquisita merienda. Pero a mamá no le gustaría que todas esas personas se hubieran vestido de negro ¡Seguramente ella estaba en la cocina preparándolo todo para atenderlas! Traté de ir hacia allá pero alguien lo impidió. Prácticamente me obligó a sentarme en una silla muy alta de la sala.

Una de varias sillas que yo no había visto antes en la casa. Al rato vi a papá y le pregunté si podía acercarme a la caja larga y grandota que había en el centro del salón, donde antes reposaba una mesa de caoba tallada. Incluso prometí que no lloraría como parecía hacer todo el que se iba acercando a ese sitio. Me sentía atraída más por las tantas flores que la rodeaban, que por la caja en sí, por lo que volví a preguntar si podía hacerlo.

Quería tocar especialmente las calas amarillas que formaban un gran círculo como el sol que mamá me enseñó a pintar cuando yo estaba pequeñita. En unos segundos, era cargada por mi papá e íbamos hasta la cajota, pero no me dejó tocar las calas amarillas. Me subió un poco por encima de la caja y fue entonces cuando vi a mi mamá durmiendo allí. Ni siquiera le gustaba que yo me durmiera en el sofá, entonces ¿Por qué ella se había metido ahí para hacerlo? Jugando a ser mamá, la llamé y le dije que se despertara y se fuera a su cama. No se despertó. No jugó conmigo. No recuerdo más. Sólo a papá de muy mal humor. Y después de ese día, mamá no volvió a vestirme, a jugar conmigo, a llevarme al colegio, a prepararme para las fiestas…Simplemente no estuvo más.

Aún hoy no lo entiendo ¿Por qué sí mamá me explicó de dónde venía el azul del cielo, por qué yo era niña y no niño, por qué no debía golpear a mi gatico, por qué hay personas negras y blancas y mil cosas más, entonces por qué jamás me habló de la muerte? De haberlo hecho, yo habría podido llorarla aquella calurosa mañana de junio.
Margarita Montoya