viernes, 16 de octubre de 2009

Reporte de Seguridad

Ella vestía de negro con voluminosos accesorios rojos, a su lado se encontraba un hombre, que llevaba un traje impecablemente elegante, daban tiempo pacientemente a que llegara el elevador en una torre de oficinas. En la espera, se escuchaba la bulla de personas que a su alrededor se movían, mientras que la pareja se mantenía absorta en un silencio oscuro inquietado de vez en cuando por un cruce de miradas distantes.

Después de tres minutos aproximadamente en espera, llegó el ascensor, cuando se abrieron sus puertas entro primero la mujer, con un tumbado en las caderas que fascinaba, se apoyó en un rincón mirándose en el espejo, le siguió el hombre, de ojos de color y mirada tan pesada como un plomo, quien al entrar se adueño del lugar y, en cuanto se cerraron las puertas e inició el desplazamiento, presionó su dedo pulgar con la tecla de PARE, seguida a esa acción se vio una sacudida, un temblor, donde la mujer debió sujetarse de las ranuras de metal, para no caerse.

De inmediato, con un gesto feroz en el rostro y un movimiento inquisidor en las manos, ella
reclamó al hombre por detener el elevador, éste sin dejarle pronunciar palabra, la enmudeció con un profundo y a la vez fugaz beso, al cual ella reaccionó confundida, aunque visiblemente a gusto.

Tras algún intento de la dama para hablar, el hombre la silenciaba con seductoras caricias, besos y suspiros que recorrían su cuello hasta llegar a sus labios y aunque ella se resistía, las acciones del hombre la desarmaban.

Arriesgándose a que las puertas del elevador se abrieran, el hombre susurro a la mujer “perdóname, te amo” y comenzó a acariciar los prominentes senos, así como las curvas de su cuerpo, fiel representante a las formas de una guitarra. Ella, se dejaba absorber por ese momento glorioso, lujurioso y atrevido, además estaba totalmente excitada, su piel parecida a la de una gallina lo respaldaba. La mujer al fin, se dejo llevar por el desenfrenado momento, esos dos cuerpos sudorosos se convirtieron en uno solo.

Desvestidos casi en su totalidad, los pantalones de él yacían sobre sus pies, en los cuales se vislumbraban zapatos negros pulidos, su camisa de lino blanco tirada en el piso cual coleto, pisada por los elevados tacones rojos que ella calzaba, mientras que su falda de pliegues, hacía las veces de bufanda sobre su largo cuello.

Después del acto que les llevo a penas diez minutos que parecían toda una eternidad, se vistieron sin mucho apuro, él saco entonces de su bolsillo un solitario montado en un aro de oro blanco, o por lo menos eso parecía, que colocó después en el dedo de la agitada y sudorosa mujer, ella lo terminó de calzar en su anular, que revelaba una sombra blanquecina como si a ese lugar hubiese pertenecido antes, asintió su cabeza como quien acepta un compromiso, le beso tiernamente y al mismo tiempo pulsó el botón de emergencia, que de inmediato emitió un escandaloso sonido similar al timbre de un colegio. Al dejar de presionarlo, las puertas se abrieron casi inmediatamente, prontitud que asombró a la mujer, pero aparentemente no le dio mayor importancia.

Ya afuera del ascensor, un agente de seguridad les instó a que pasaran por el departamento de servicios médicos de la torre, a manera de constatar que se encontrasen en buen estado de salud, a lo que el hombre indicó no era necesario, que tanto él como su prometida se encontraban en excelentes condiciones, que ya todos sus conflictos habían acabado, entonces procedieron a marcharse de la torre, tomados de la mano.

Al ver por las cámaras de seguridad que ya todo estaba solucionado y que querrían marcharse, abrí las puertas del ascensor lo más pronto que pude…. Así concluyo el reporte diario del Jefe de Cámaras de Seguridad de la Torre de Oficinas.
Miriam Barroeta

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