martes, 9 de junio de 2009

Cuento Comunal


Se miró en el espejo y no sólo se vio, sino que descubrió doce cabezas más, todas mirándola e introduciéndose en su mirada y en su recuerdo. Entonces pensó que todo era demasiado natural, natural y predecible; y que hastiaba de esos descubrimientos cotidianos. Unos descubrimientos que quizá sean cotidianos para algunos, pero cuando soy yo quien lo descubre y quien lo vive, no son naturales sino atípicos. Duelen, pegan, hieren y lastiman. Porque el dolor no es cotidiano, es el umbral que debemos cruzar para crecer, aprender y entender que somos criaturas condenadas a traspasar esa frontera para tocar la gloria con la punta de los dedos, al menos en alguna ocasión. Umbral que es cada vez más bajo y accesible. A través del que nos mostramos, y lecho en que descansamos mientras morimos.

Pero nadie puede decir que no hay una luz al final, quizás, como el faro de un tren que viene desde lejos y se acerca y sentimos el temblor de las vías bajo los pies. Y justo antes de morir aplastados te arrodillas y cuando silencia la noche decides buscar tu propia luz. La luna se abre en una sonrisa de gato. La vida se te escapa con cada respiración. Tu piel se eriza porque presiente la muerte y entonces, lo recuerdas. Al llegar la muerte la pudo espantar aferrándose al recuerdo de su niñez. Cómo sustituía piscinas por tambores de petróleo llenos de agua, en los que pasaba el día remojándose hasta que la piel se le arrugaba tanto que volvía a la vejez, y se descubría espantando la muerte.

Era un círculo vicioso, eterno, donde la vida ganaba, siempre ganaba. Ella reía, entendiendo que el círculo vicioso era más divertido que la burla a la muerte. Cerró sus ojos y dejó que las gotas frías le cubrieran el rostro, el juego estaba terminando. Un juego donde perdió el último hálito de fuerza que su alma pudiera albergar. Cada gota petrificó sus sueños pero no su sonrisa, porque ésta surgió de la burla a la vida. ¿Qué importaba entonces la muerte? ¿Por qué te vas vida? No me has dado tiempo de hacer lo que quiero. No he dejado huellas para los que dejo y los que vendrán. No me has dejado descansar la cantidad de amor que me sobra. No quiero ser egoísta con mis sentimientos. Y ahí quedó sonriente, aunque intensamente todo su yo lloraba, gritaba, se desgarraba, porque aquél era el momento en que más viejo se sentía y ya no tenía más tiempo…

Raquel, Karina, Nathaly, Dafne, Miriam, Hernán, Nora, Margarita, Gisela, Remo, Nurit, Iliana

Nuestro Primer cadáver exquisito


Los doce labios se abrieron cuando llegó la tarde.
Es que si esto no es vida, entonces ¿qué es?

La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?

Hoy hay oscuridad… mañana aunque se vea lejano, habrá luz y será mejor.
El amor es tan intenso que siempre te da una oportunidad para empezar de nuevo.

Me encanta saber que no estoy sola. Qué gusto poder abrir un espacio para la compañía.

¿How can I miss you, if you don´t go away?

Y es que entre poetas las alas se funden y los espejos se intercambian.
Pestañeó buscando el brillo en algún lugar de sus ojos muertos.

Vete lejos, vete silente, vete despacio, tan lento que mejor te quedas.

Vivir o morir, ¿cuál es la diferencia? Una tumba.


Raquel, Karina, Nathaly, Dafne, Miriam, Hernán, Nora, Margarita, Gisela, Luis, Iliana

miércoles, 3 de junio de 2009

Juana de Arco


Por fin le quitó la cobija desteñida que cubría la jaula de la pájara, anunciándole que ya era un nuevo día. La dueña puso cara de tonta — una de esas caras que los adultos suelen ponerles a los bebés — y empezó a hacer sonidos extraños con su boca, mientras las facciones de su rostro daban mucho que sospechar. La pájara comenzó a emitir griticos para que la sacaran, logrando que su dueña se emocionara y pegara brincos. El animal decepcionado se dedicó a golpear la puerta de su jaula con la garrita de la pata derecha bien limada, mientras le daba con el ala izquierda a una pelota de colores. La dueña no podía creer lo que veía, la atracción se había duplicado en diversión y fue corriendo hacia el teléfono.

—   ¿Aló?, ¡Laura! Tienes razón, la pájara es todo un éxito. La decidí llamar Juana de Arco. A penas le quité la cobija comenzó a chillar y luego hizo la danza esa de la que me hablaste. Creo que le gusta mi apartamento. Bueno, antes de que te guindes, déjame decirte que estoy apurada, hablamos esta noche. — Al colgar el teléfono se percató de que no había llamado a Laura, sino a un número equivocado. No le importó, de igual forma la llamaría en la noche para contarle.

La mujer que recibió la llamada se dejó caer en un sillón, sintiendo que nunca iba a lograr jubilarse de la agencia. Respiró profundo, intentando verle el lado más razonable y objetivo a la situación, pero el esfuerzo fue en vano. Se tomó un negrito, para mantener la cabeza fría, logrando más bien que la garganta se le calentara, y marcó un número enseguida.

—   ¿Aló?, ¡Agente Jack! Aún sigo recibiendo llamadas extrañas. No quiero sonar paranoica, pero hay una tipa que juega el papel de chulo. Me ha llamado hablando de una mujer que la apodan “pájara” y que la usan de titiritera y bailarina, ¡y en una jaula!, ¡y capaz desnuda! Yo se lo digo, agente Jack, esta sociedad está cada vez más pervertida.

La pobre detective colgó el teléfono y se dedicó a lustrar sus mocasines de cuero para no perder la calma. Una hora después se presentó su compañero en la casa con una libreta mínima y comenzó a anotar los detalles de la llamada. Seguidamente encontraron la ubicación de la chula gracias al número telefónico que quedó grabado en la máquina. Y ambos se dirigieron al apartamento, que para extrañeza de ellos, quedaba en una buena zona.

—   ¡Abra la puerta! ¡Somos de la Organización de Agentes Astutos Americanos! ¡Abra la puerta o la tumbaremos! — gritó enérgicamente el agente Jack, mientras golpeaba la puerta con el puño. — ¡Sabemos todo sobre “la pájara”, así que le conviene abrirnos la puerta!

La mujer, aún embobada por su nueva mascota, se asomó por el visor de la puerta, y al ver a un hombre vestido como James Bond, acompañado por una vieja de aspecto severo, entendió lo que pasaba: le estaban mamando el gallo.

—   ¡Laura! ¡Te pasaste! ¡Es el mejor regalo que me han dado en toda mi vida! ¡Primero me das a “Juana de Arco” y ahora me haces todo un show para que se la lleven! ¡Tú sí sabes gastar bromas!

Los agentes se comenzaron a desesperar y el hombre volvió a gritar.

—   ¡Se lo estamos diciendo!, ¡abra la puerta y nadie saldrá herido!

—   ¡No, James! ¡Nadie se llevará a la pájara!, ¡Juana de Arco se quedará conmigo hasta que muera! — respondió la señora, muy emocionada por participar en aquella broma, sintiéndose como una chica Bond.

—   ¿Juana de Arco?, no me sorprende, vaya nombre para una prostituta — le dijo la vieja a su compañero.

—   ¡Se lo pedimos! ¡Abra la puerta y nadie saldrá herido! — repitió el agente, montando el pie sobre la puerta, preparándose para cualquier cosa.

—   ¡Esta pájara es mía! ¡Mi amiga pagó por ella y me la regaló! Además, no creo que encuentre a otra que baile así.

El par de agentes se preocuparon por la falta de cooperación por parte de la chula y decidieron tumbar la puerta. Jack apartó a la vieja de su lado, y descargando todas sus fuerzas en el pie, tumbó la puerta consiguiendo que la mujer se desmayara del susto.

—   Agente Jack, primero saquemos a Juana de aquí, y luego nos encargamos de despertar a la chula.

—   Miriam, esta mujer parece ser la única persona en este apartamento.

—   Busquemos mejor, ella misma confesó que “la pájara” está aquí.

Después de unos minutos el agente se acercó a la vieja con la jaula en la mano.

—   ¿Por cuánto tiempo te quieres jubilar?
Raquel Abend

Mi Otro Yo

Chamos, éste es el primer poema que he escrito:

En mi otro lado se esconde un elemento,
Qué hacer para que salga al descubierto,
No me deja amar a mis seres queridos,
No me deja decirles lo que siento.
 
Me hace sentir fuerte pero no lo soy,
Quiero estar feliz pero no lo estoy,
Cómo decirle a mi gente que la quiero,
A los que más amo son a los que más hiero.
 
Déjame darle un beso a mis hijos,
Déjame llorar a mis muertos,
Vete de mi, sal del escondrijo
Deja que siembre flores en mis huertos.
 
No me dejas a solas con mi esposa
Sabes que es lo que más deseo,
Envidia me da cuando a los demás veo,
Disfrutar de las suyas, regalarle rosas
 
Siento miedo de ti,
Siento miedo de mi,
Déjame enseñar mis lágrimas,
Deja descansar las ánimas.
 
 
Remo Tortello B

Confusión

Todos tenemos una falta existencial, un agujero negro que nos escolta y que solo se atempera cuando vamos aprendiendo el difícil arte de acompañarnos. Entonces podemos asomarnos a la falta sin inquietarnos tanto y la vamos aceptando como una memoria valiosa. Pero eso, acaso vaya ocurriendo lentamente con los años, cuando las canas comienzan a iluminarnos.

Mientras tanto, una voz dentro de nosotros nos convence de que algo afuera puede llenarnos, al mismo tiempo que nos susurra al oído que no somos suficientes. Mientras esa carencia nos sucede, aparece algo o alguien que promete cegar ese agujero, desacredita nuestro anhelo y nos seduce hasta hacernos traicionar nuestro miedo. Nos hace creer que el coco no existe y que ya no hay nada que temer. ¿Para qué esforzarnos ahora en acariñarnos?


El problema es que eso nos saca a nosotros y lo coloca a él. Sustituye el adentro, lo propio, por lo ajeno, el afuera. Con la promesa de que hemos encontrado todo lo que queremos, perdemos lo único que nos pertenece, nuestro deseo. Una vez que este pacto entre el deseo y la ilusión se consuma, no hay como salir del círculo vicioso en donde cada vez que siento apenas el miedo, la ilusión, como una dosis de morfina me somete, con la inmediata sensación de que no hay tal falta y complacida me convence de que todo va a estar bien hasta que me despierte.

…Y esto va sucediendo una y otra vez hasta que uno se olvida de quien es.
Y ahora no se si es que durante el despecho me he fumado una lumpia o que hago memoria y recuerdo quien era antes de perderme. Hilo y aguja en mano, Soledad me rodea para zurcir mis rotos.

Soledad. Compañero amable que llevo dentro que simplemente permanece a mi lado. No intenta tapar ni evadir nada. Tiene una especie de don que le permite encontrar las cosas con que puedo acompañarme. Una varita mágica con la que hace aparecer viejos tiempos de serenidad e intimidad, que me han seguido invisibles y fieles.

Soledad es música que me invita a danzar, pinceles y paletas que escriben un texto, palabras hiladas que colorean lienzos. Soledad es descanso, sembrar una planta, saborear alguna receta alquímica, chuparme los dedos y regodearme de gusto.


Lo otro, eso a lo que temo, es miedo a estar sola porque dentro de mi, algo interesado y saboteador me hace creer que estoy lisiada, que moriré si me quedo quieta y no lleno el vacío antes de que me devore.


A veces pienso que la clave del asunto está en que mientras nos hacemos adultos, no se como, se confunde uno entre soledad y miedo a estar solo y el espacio reservado para la soledad que conforta es usurpado por el miedo a estar confortado. ¡Que cosa! Quizás por eso es necesario morir y volver a nacer de vez en cuando para ver si nos vamos aclarando.


Y ahora me doy cuenta de que todas las acciones e imágenes que asocié con soledad producen fecundación, nacimiento y creación, de manera que eso me ayuda a ver que la confusión es tan grave que llega a ser un drama excluyente entre la necesidad imperiosa de un algo o de algún otro que nos esclaviza y el fuego vital de la propia capacidad creativa.
Deberé estar atenta. Para ganar, la necesidad me hará creer que soy incapaz de encender y cuidar una hoguera que me conforte.


Nora Palacios

Ante una Tenue Llama


Cierro mis ojos para acostumbrarme al miedo,
mejor negro que incierto,
alivio de muerte mejor que agonía.
Ahora escucho,
fiel a mi palpitar, a mi ritmo.

Voces en mi cabeza me impulsan a sentir algo:
miedo, desasosiego, vacío.
Una entre todas me acompaña cierta entre latidos
me canta que estoy viva,
me susurra que es tiempo de estarnos quietas.

Nora Palacios

Soledad

Sabor de mis lágrimas y mi lengua,
olor  del aire que me respira,
eco de mis palabras, 
devenir de mis  pensamientos,
sangre que pulsa y acaricia el reverso de mi piel,
visión de lo que esconde la compuerta de mis párpados
memoria de mi nacimiento
intuición de mi alma.

Nora Palacios

martes, 2 de junio de 2009

Alas Desiertas


¿Cómo sentirse solo cuando tienes mil personas a tu alrededor? Hablando de modo general, vas caminando por la calle y al mismo tiempo van también muchas personas bien sea en tu mismo sentido o en el opuesto.

Llegas a casa y te ves conviviendo con dos, tres y hasta cuatro personas, pero aún así te sientes solo.


Escuchas el radio y hay alguien que habla, que quizás te habla a ti, y entonces sientes un ruido y miras a tu alrededor, en ese instante buscas en el fondo de tu bolsillo y sacas un celular que suena inquietantemente y aunque te sigues sintiendo solo, te das cuenta de que hay alguien en alguna parte del mundo queriendo hablar contigo y sientes que no es con ninguna de esas personas con quienes quieres hablar. Es tan fuerte el vacío que ni el contacto con Dios te llena.


Me pregunto ¿Como es que si Dios debía ser todo para nosotros, no nos hace sentir completos en estos momentos? Tiempos, en los que al único que queremos tener a nuestro lado para ver y escuchar es a esa persona que amamos.


Entonces caes en la realidad, tu realidad y te ves sumergido en un negro agujero, profundo, sin fin, con ganas de nada y aunque no tienes el más mínimo deseo de dar un paso adelante, esas muchas personas que te acompañan, tratando de alentarte, te incitan a despertar. Y te das cuenta de que esas personas que no son ajenas y a las que les preocupas, no merecen sufrir por ti y es cuando abres un paréntesis y retomas tu vida, pero para que eso sea aún mas certero, te lo debes creer y es en ese momento cuando decides hacer cambios exteriores e interiores.


Ahora sí puedes tener un nuevo comienzo, que no se sabe hasta cuando será, cuánto durara esa determinación y mucho menos cuándo volverás a caer en ese oscuro hueco llamado soledad.

Miriam Barroeta

Mi Soledad


Todo negro como un azabache, todo borroso cual pupilas dilatadas. No puedo descifrar, no puedo distinguir nada.

Hay vacio, hay pena, hay confusión.

No quiero estar aquí, no así, tengo miedo. Me siento sola, tal vez con la luz podría sentirme mejor.

Alguien ajeno o cercano a mi, no se aún, no lo descifro, me dice que quien no sabe poblar su soledad, tampoco sabe estar solo entre una multitud atareada.

Entonces, yo le digo que lo se, que tiene razón, pero que en este caso yo me siento muy sola incluso cuando estoy sola y cuando me encuentro entre una multitud, no quiero estar acompañada o por lo menos no estar con todo el mundo, así sean todos los que me aman. Egoístamente, solo quiero estar poblada de una sola persona en mi soledad y así mientras este en un conglomerado podría saber aislarme y aprender a disfrutar mis soledades.



Miriam Barroeta

lunes, 1 de junio de 2009

Amiga Inesperada

La familia Altuve salió de Caracas con destino a San Carlos, Estado Cojedes, para pasar una temporada, fueron invitados por los Soriano, propietarios de una de las haciendas más prominentes del sector. Leonardo y Humberto, hijos de los Altuve y de los Soriano respectivamente, eran rivales, ambos sin saberlo luchaban por el amor de Adriana. El único testigo era una frondosa acacia que estaba en el jardín de la casa.

Eran ya como las cuatro de la tarde, cuando los invitados llegaron a la propiedad de los Soriano y lo primero que hizo Leonardo, casi sin mediar palabra con los anfitriones, fue correr hacia el jardín para saludar a su confidente, la acacia. Alejandro llegó más tarde porque estaba haciendo un recorrido a caballo por los alrededores.

Humberto se sentó al pié del árbol y empezó a hablarle como si éste lo entendiera:

— ¡Hola confidente!, aquí me tienes nuevamente aprovechando tu sombra, he venido a saludarte porque eres mi verdadero amigo, el único en el que confío, no sé si me atreva a declararle mi amor a Adriana, no hago más que pensar en ella día y noche, ¿crees que me haga caso con esta cara de chiste que no me puede quitar ni siquiera el cirujano de Michael Jackson? Ni siquiera sé montar a caballo, le diré a Alejandro que me enseñe para demostrarle a mi amada, que monto mejor que Gustavo Ávila conduciendo a Cañonero en el Kentucky Derby del setenta y uno. Bueno mi pana, me voy porque estoy famélico. ¿Tú me estás parando bolas verdad? Te lo pregunto porque siempre allí sin decirme nada, lo único que haces es echarme vainas cada vez que vengo, Mejor me voy porque quien me oiga hablando contigo va a creer que estoy fumado de irota.

Al rato llegó Alejandro montado en el caballo que le había regalado su papá porque las notas de ese último fueron excelentes. Dirigiéndose a su amigo le dijo:

— Epa chamo ¿cómo estás? ¿Hace cuánto tiempo llegaron? Estaba en el potrero viendo los becerros y aprovechando de conocer a este animal que me acaban de regalar, vamos a ver si te atreves a montar en esta temporada. Déjame bajarme para saludar a tus viejos.
Se bajó del caballo y se dispuso a darle la bienvenida a los recién llegados, luego llamó a Humberto para llevarlo al cuarto que compartirían; ya eran casi las seis y media de la tarde. Alejandro quiso darse un duchazo porque estaba cansado del viaje; salieron relativamente temprano de la casa, pero se detenían a cada momento, aparte de que se equivocaron de camino gracias a un descuido de su papá quien era el que manejaba. El camino les parecía extraño y por supuesto que no era el mismo, porque estuvieron a punto de llegar a Barquisimeto.

Alejandro dejó al amigo en el cuarto y aprovechó para dar una vueltecita por los alrededores de la casa, se fue a su lugar predilecto, la acacia.

— Hola, nuevamente vine para conversar contigo, algo debes tener tú para que yo venga a contarte mis pesares, ¿será que en tu otra vida eras sacerdote y reencarnaste en una mata? Si es así te digo que no vine a confesarme, lo que quiero es que me des un consejo; ¿Qué tal si voy a la casa de Adriana y le enseño mi caballo nuevo? La chama me tiene mal, cuando la veo me quedo como ventrílocuo sin muñeco en medio de un show. Bueno, sólo vine a decirte eso, mañana vuelvo para que me asesores.

Todos esperaban que Humberto saliera del baño para cenar; al rato se abrió la puerta del cuarto y era él, se sentía como lechuga en mostrador. Después de la cena salieron a la churuata para tomarse unos tragos. Ya era tarde y Leo sentía en los párpados un elefante trapecista.

Ambos se fueron a dormir porque el día siguiente empezaba a las cuatro de la mañana con el ordeño.

Cuando estaban en el cuarto, cada quien en su cama, Humberto le confesó a Alejandro el amor que sentía por Adriana, también le dijo que no se atrevía a declarárselo porque no sabía cómo iba a reaccionar ella; Alejandro, al enterarse de esto se contuvo, pero por dentro estaba más caliente que caldera de siderúrgica, los celos lo acechaban como hienas a presa fácil.
Para que tuviera confianza, Alejandro le dijo:

— No te preocupes vale, mañana será otro día y veremos qué se hace, te voy a enseñar a montar a caballo para que te luzcas al frente de Adriana. Duerme tranquilo que yo me ocupo de eso.

Al día siguiente no se pudieron levantar temprano por el cansancio acumulado, se desayunaron y se dispusieron a ensillar a las bestias para ir de paseo por los terrenos de la propiedad.
Humberto, ansioso por montar y presentársele a Adriana le dijo a Alejandro:

— ¿Por fin me vas a enseñar a montar bien?

— Si vale, fíjate, ya las sillas están puestas, lo primero que debes hacer es ponerte del lado derecho del caballo para montarte, quizá se ponga un poco arisco, pero eso es normal porque no te conoce; una vez montado, te quedas tranquilo a que yo monte el mío, por instinto tu caballo me va a seguir y si sientes que te vas a caer agárrate de la silla para que no te caigas.
Salieron a trote y por supuesto Humberto la pasó muy mal, porque Alejandro le dio a propósito las indicaciones que no eran, el aprendiz de jinete recibió una coz en la pierna, se cayó, se rasguñó con unas ramas bajas, en fin, eran él y el Pato Donald.
Cuando Humberto se enteró de que Alejandro a propósito le había dado las indicaciones que no eran, además de que un peón de la hacienda le dijo que él estaba tras la niña Adriana, la ira lo invadió, se sintió burlado; esa noche durmió afuera en una hamaca con la excusa de que tenía calor, sólo para no dormir con su rival convicto y desenmascarado. Se propuso a preparar su venganza.

A la mañana siguiente como si nada hubiera pasado desayunaron y se pusieron a hablar de los deportes que practicaban. Alejandro no hacía más que hablarle sobre la figura de las amigas con las que entrenaba, y le mostraba la manera de cómo se debía agarrar la raqueta. Humberto haciendo lo mismo empezó a hablarle acerca del boxeo y lo retó a un combate.
Casi simultáneamente acordaron irse a la sombra de la acacia, era un lugar fresco y no estaba muy cerca de la casa, al llegar allí, Humberto empieza a contar relatos de los campeones del Boxeo, tales como Joe Louis, Rocky Marciano y Cassius Clay entre otros, también hace una exhibición de las costumbres de cada uno de ellos, cuando en uno de esos ejemplos, le tocó la cara a su asombrado alumno y le dijo:

— ¡Dale pues, pelea!
Alejandro cree que es broma y le pide que pare la demostración
— ¡No me digas que tienes miedo! ¡Mariquita!
La pelea se prendió; puños, patadas y mordiscos era lo que se veía. Alejandro tiraba golpes a lo loco mientras los certeros puños de Humberto, acompañado de sus burlas, lo tenían loco.
— ¡Respeta a Adriana! Estás acostumbrado a embromar a las muchachas de este pueblo aprovechándote del dinero de tu papá.
— ¡Ah carajito, es eso lo que tienes, estás sangrando por la herida!
No supieron nunca de donde salió una voz ronca que los empalideció a los dos, las vainas secas de la acacia empezaron a caer a sobre ellos; la cara se les volvió, como dice el comercial, “blanco limpio insuperable”. La misteriosa voz les dijo:
— Dejen de pelear, son amigos de toda la vida y la mujer por la quien luchan no es merecedora del amor de ninguno de ustedes. Los veo y me río, están asustados, parecen gallinas pirocas acechadas por un zorro. ¡NO LLOREN! Hasta hace un momento eran machotes, pero ahora son unos cagones. ¡SÍ, SOY LA ACACIA !
Ambos a la vez, con voz más temblorosa que gelatina de sin cuajar, dijeron:
— ¡Ay mamá, la mata habla!

Pasaron unos minutos en los que se oían sólo lloriqueos, lamentos, no tenían fuerzas en las piernas para salir corriendo por el susto y Alejandro por la zaparapanda de palos que había recibido.
La acacia les habló nuevamente:

— Me oyen y no me interrumpen. Esa muchacha por la que pelean no vale la pena, es una abusadora, es una de las que peor reputación tiene en este pueblo, la llaman “ la Chupetera ”; en este momento está con el marido que tiene desde hace un mes, le está contando cómo les sacaba dinero a ustedes. Así que me hacen el favor de darse un abrazo y se van a tomar un trago, eso no es nada; como pago a mis consejos tendrán que recitar mi himno, como lo haría en sus tiempos Rebeca González. ¿Me expliqué?

Sin responder, y con un hilo de voz que salía de sus intestinos, empezaron a declamar “Al árbol debemos” caminando hacia atrás unos cuantos metros, para luego emprender carrera hasta la casa.

Al llegar a la casa, pálidos como cirio recién prendido, no creían lo que les había pasado; lloraron, se rieron y dejaron aflorar sentimientos escondidos nunca experimentados. Quisieron investigar lo que les dijo la acacia y fueron a la casa de Adriana para comprobar la acusación que sobre ella pesaba. Antes de llegar vieron un letrero en una pared que decía “Adriana, la puta de la sabana”, dieron media vuelta y no hicieron comentarios, era verdad.
Cuando llegaron a la casa, callados, sin que la respiración se les sintiera, fueron al cuarto a terminar de arreglar el equipaje. Cada quien en el fondo del maletín encontró una vaina recién cortada. Sin mediar palabra fueron a visitar la acacia y le pidieron permiso para hacerle una inscripción en su tronco. “Eres nuestra mejor amiga” y se sentaron a su pie para conversar.
Remo Tortello

sábado, 30 de mayo de 2009

Celos Mortales


El pintor, lleno de ardor y desprecio, pensaba en el final. Volcaba toda su pasión sobre el lienzo. Entre tanto, la tarde trazaba su luz sobre la palidez de la piel, haciéndola etérea en su belleza. 

La humillación, insondable, le retorcía las entrañas. Hizo una pausa. Inconforme, arregló un mechón caído sobre el rostro. Con su mano rozó aquellos labios. Fue inevitable.  La fragancia, perturbadora, le recordó la traición. 

—¿Cuando comenzaría?— se preguntó.
— Ya no importa.—se respondió de inmediato. 

Dio la última pincelada. Un rictus dibujó su satisfacción. Había plasmado la muerte en toda su hermosura.
Luis Bonilla

jueves, 28 de mayo de 2009

Ahora o Nunca


La excursión a Roraima, dura seis días. Tres para subir, dos noches en la cima y dos días para bajar. Se preguntara Ud. el por qué del desequilibrio. Tiene razón. El cansancio, y la difícil topografía, hacen el camino en bajada doblemente difícil. Si Ud. como yo, tiene sus años, le recomiendo que no haga muchas preguntas, no vaya a ser que se asuste y decida no hacer la excursión que deseo recomendarle.

Durante el viaje en rústico desde Santa Elena hasta Paraitepuy, pueblo de donde sale la excursión, conocí a mis compañeros de viaje. La mayoría, eran montañistas experimentados. Para otros, subir al Roraima era el sueño de su vida, llevaban meses subiendo al Ávila con un morral cargado con el peso necesario en la espalda. Asustada, comencé a preguntarme, cómo había tomado yo la decisión de hacer este viaje. No tenía ninguna hazaña que contar.

—Resista Ud. el miedo hasta este punto. Le aseguro que en un instante, gracias a Dios, no tendrá ya vuelta atrás.

Al llegar a los cincuenta, las cosas que deseamos hacer nos persiguen, recordándonos que queda poco tiempo. No hay espacio para complejas deliberaciones. Las decisiones importantes se toman solas. Sin saber cómo, lo que considerábamos impulsivo e inmaduro toma forma y nos conmina: ¡es ahora o nunca!

Al bajarme del carro, recorrí con la vista el infinito espacio que me separaba del tepuy. Raptada por la belleza, abrumada por la majestuosidad del lugar, me rendí. La prudencia y la sensatez, ni hablar de la ponderación y la mesura, ya no estaban conmigo o se habían escondido. Se me ocurre que si pudiera recuperar en mi conciencia, la memoria del momento de mi nacimiento, estaría teñida de esta misma hipnótica resignación.
Ajusté mi morral y comencé a caminar.

—Déjeles ir adelante.
Las piedras del camino se convirtieron en mis compañeras , rosadas, terracotas, grafitos; romas y puntiagudas, rugosas y lisas. Algunas me servían de peldaños, otras me tendían una trampa resbaladiza. Entre ellas, en ocasiones, una hilera de pequeñas hojas verdes recortadas, caminaba incansable en larga fila, llevando su provisión al hormiguero, mientras cumplía riguroso el sol su jornada. A ratos, las piedras abrían paso a un mosaico de tierra roja apelmazada, surcada por infinitas formas, entonces podía mirar hacia delante para contemplar cómo crecía el tepuy o hacia atrás para regocijarme al ver el camino recorrido.
Cuando al atardecer llegué al primer campamento, me alivió comprobar que ya no faltaba nadie y sin embargo, ninguno me esperaba.

— ¡Puede Ud. ir de último con tranquilidad! No hay posibilidad de perderse. Hay un solo camino pactado entre la naturaleza y la huella repetida de tanta gente. El tiempo entre un campamento y otro ha sido calculado con soltura, para quien como nosotros, necesite detenerse a contemplar una planta o seguir con la mirada una hormiga, aprovechando para descansar de casa en casa, de trecho en trecho.

Completada la primera fase, el camino me había entregado claras instrucciones: poco a poco, un paso a la vez, te acompañas. Como en mi aventura cotidiana, allá con esfuerzo, aquí con deleite, había encontrado un lugar, el último; un ritmo, un paso a la vez; un tiempo, Suficiente.

Sumergida hasta mis hombros en el agua del río como en una gran bolsa de hielo, se adormecieron mis ampollas, se calmó mi cuerpo adolorido. El camino del día siguiente ya no sería sabana sino selva, recordé . Franco ascenso, la falda tupida del tepuy.

―No faltará quien le recuerde que el tercer día será el peor. ¡No pregunte!

Poco a poco y su eco. Poco a poco, pensé. Un paso a la vez. Me fui a dormir.
Amaneció despejado. Kukenán y Roraima , uno al lado del otro, más grandes pero aún lejanos. Comencé a subir sintiendo mis pasos como si aún soñara, acoplando mi corazón al mantra: un paso a la vez.

Selva. Sombra húmeda y amable. Telaraña de raíces sirve como escalones, troncos como pasamanos oportunos. Mundo extraño poblado de helechos con largos tallos imitando palmeras, sinuosas alfombras de musgos coloridos rociados de escarcha y aquel denso olor a niebla. De trecho en trecho se desnudaba el camino de vegetación, para revelar la anciana piedra del tepuy. Filosas rocas, grandes y pequeñas, sembradas o sueltas.

—Deberá tantearlas para saber si le sostendrán. Una piedra a la vez.

Grandes bachacos, arañas y ciempiés. Conocí también alguna mariposa imposible. La descubrí descansando sobre mi bota, cuando un resbalón me obligó a sentarme en una piedra, límite entre el camino y el abismo. Desde allí pude ver cómo el mundo había cambiado su forma y sobre todo sus proporciones. Abajo y a lo lejos, entre nubes, las diminutas casas de Paraitepuy y el largo camino hollado, sinuosa serpiente que aún mordía mis talones. A mi izquierda podía ver ahora cercano e inmenso como una constante aparición, el vaporoso salto del Kukenán. Ya no veía a Roraima. ¡Estaba sentada en él! Volví mi cabeza, chocaron mis ojos con una sólida pared estricta y vertical, que me obligaba a mirar hacia arriba. Allá, todavía lejos estaba imperturbable su cima. Poco a poco, un paso a la vez.

Ficción o leyenda, no me está permitido contar lo que siguió. Visión de otro mundo elemental, tan desconocido como si pudiera verme por dentro. Aún hoy, instantes de ilimitada soledad y belleza regresan a mi memoria; piezas únicas que pierdo y olvido cuando intento atraparlas.
¡Ahora o nunca! Momento permanente, dilatado y minucioso. Poco a poco, un paso a la vez.

Nora Palacios

El Morral


"El celoso ama más, pero el que no lo es ama mejor"
Miguel de Cervantes Saavedra


Súmenle a la madrugadera, al tráfico, a la dieta, a la economía y al caos, ser celoso.

Tal vez antes había tiempo para serlo. Antes, cuando las mujeres pasaban el día en sus casas luego de despachar a los niños al colegio, de preparar la comida del día y de terminar de ver las tres novelas de la tarde, quedaban atrapadas en unas horas en donde todo estaba hecho. No tenían en qué ocuparse, se quedaban suspendidas en el limbo. A esa hora calurosa y lenta, seguramente inyectaban algo de adrenalina a sus vidas imaginando en quién o en dónde estaba metido “su fulano”.

Hoy en día no tenemos tiempo sino de vivir la realidad, de enterarnos un día cualquiera que “nuestro fulano” se siente confundido y necesita un tiempo. Al menos de esta manera, no sufrimos la vez que lo imaginamos y la vez que lo confirmamos.

Así que saqué de mi morral lo celos porque pesan mucho, sólo quedó la madrugadera, el tráfico, la dieta, la economía y el caos.

Nathaly Salgado

miércoles, 27 de mayo de 2009

Los Recuerdos de Rosendo


En la víspera de la Navidad de 1.936, Rosendo Olmedo reparaba su embarcación mientras evocaba a los hijos que ya no estaban. Los recuerdos pesaban sobre los hombros y se había hecho un anciano sin percatarse. En alguna oportunidad se preguntó cómo había sido la felicidad, para desecharla de pura impotencia. La alegría se le había escapado a pedazos y un rictus le quedaba como huella de su existencia.

En La Salina transcurría la mañana, y el mar, esa inmensa extensión de azules que se pierde en el horizonte, se batía sin descanso. El sol y la brisa eran caricias gratificantes y sobre la playa que parecía sin fin, los pensamientos saltaban en el tiempo. Al principio fue Jesús, el mayor. Aún podía recordar cuando se marchó tras el esplendor del petróleo y solo supo de él años mas tarde. Un viajero, de esos que aparecían en alguna ocasión, le había dejado un mensaje en Pampatar: “díganle a Rosendo que su hijo está preso en La Rotunda”. La esperanza de verlo de nuevo se fue apagando después de tantas lluvias, y pensar que en La Salina llovía una vez al año. Más tarde, Fina, Elisa y María morirían de calentura cuando aún eran niñas. Después fue Chicho, quien tenía catorce y jamás volvió de pesca cuando una tormenta se adueñó de las aguas. Pasada una semana de su partida; entre susurros, María, su mujer, le había dicho: “no lo esperes más”. A pesar de la dolorosa evocación, su rostro se iluminó de picardía al recordar a Camucha, su hermana mayor. La pobre había sufrido de belleza tardía. Ningún pretendiente se le acercó en vida, y sólo la noche de su velorio, el ciego Narciso se aproximó a la urna para exclamar: “que bonita quedó la difunta”.


Rosendo, de rostro surcado por profundas arrugas, manos rudas y espaldas anchas, concluía la faena. Empapado por el esfuerzo, se incorporaba con lentitud y retirando el sudor de la frente con el dorso de la mano, regaba la mirada sobre la playa. Más allá, su mujer, encogida por los años, se apoyaba en un haragán mientras descansaba de amontonar tanta sal. El viento parecía arrastrarla al agitar sus enaguas como si fuese un pendón desplegado frente al mar. Se hacía mediodía y el sol deslumbraba. Incontables conos, brillantes de blancura, yacían apilados en una larga hilera tras la matrona. El océano lamía con deleite la extensa playa. A un lado, dejaba al abandono un trozo de madera que algún día había sido de una embarcación. El rumor del oleaje era perturbado, a ratos, por los chillidos de las gaviotas que parecían custodiar la tranquilidad del paraje. Era un instante de sosiego.


Rosendo, intrigado, se percató como un extraño se acercaba con lentitud hasta donde María, distraída, continuaba con su labor. Preocupado, trató de advertirla, pero las palabras se le anudaron en la garganta. La zozobra se transformó en una extraña sensación y se detuvo. El visitante abandonaba el equipaje y avanzando, llegaba a espaldas de la mujer a quien llamaba la atención. Por un instante que pareció hacerse infinito permanecieron inmóviles. Entonces, el anciano observó como el hombre caía de rodillas y se sostenía abrazado al regazo de la mujer. Ella, en gesto cariñoso peinaba con sus dedos la cabellera del recién llegado. El viejo pescador pretendió avanzar sin lograrlo, sus piernas no respondían y él también cayó de rodillas. Lágrimas sobre los surcos de su curtido rostro se deslizaban en silencio para caer en la arena. La felicidad era infinita. Su hijo estaba de regreso. Jesús Olmedo había vuelto a casa.

Luis Bonilla

martes, 26 de mayo de 2009

La Olvidada


De un lado Colombia, del otro Venezuela, en el medio yo, parte de un grupo de turistas que recorre las corrientes del río Atabapo. Sobre las aguas color caramelo que fluyen dentro del corazón del estado Amazonas navega este humilde bonguito a motor, que nos lleva a nuestra parada del día: a conocer los sobrevivientes de una tribu Piaroa.

Al llegar a una orilla de la jungla venezolana bajamos uno a uno para emprender el camino que falta por recorrer. La delgada chica alemana de nariz fina y perfilada, que pasó el recorrido en bongo inmutada al lado mío, estrena su primera mala palabra en español cuando descubre que hay una araña viajera de más de diez centímetros bien acomodada al lado de ella.

Sin mucho preámbulo nos guían por el diminuto sendero que esconden los árboles. Gotas gigantes, rezagadas de la tormenta de la noche anterior se escurren en el espesor de la selva, y hacen de esta húmeda caminata un viaje más relajante.

En menos de 20 minutos llegamos a un claro, al destino. Niños de un color de piel canela nos ven llegar, nos examinan como nosotros a ellos. Es un intercambio de miradas, de primeros acercamientos, de intimidación. Yo, en el terreno que les pertenece; ellos, objeto de exhibición. Se ríen, murmuran, cuchichean, cómplices en un idioma al que no estoy invitada a entender.

La decoración del espacio es puntual: paredes de bahareque recién montado, techos de palma seca y una fogata viva con pavones tendidos sobre una parrillera de madera. No han pasado ni 10 minutos cuando uno de los venezolanos del grupo ya está negociando una jarra de yare recién extraído con uno de los indígenas que mejor domina el español.

No tardo mucho en recorrer el lugar. Sé muy bien que si sigo caminando tan sólo un par de metros más, encontraré que las casas de bahareque se convierten en cemento, los techos de palma en láminas de zinc y a la fogata la reemplaza una antena del canal del Estado. Sí, de la tribu piaroa no quedan más que algunos sobrevivientes que se niegan a dormir entre paredes de cemento hirviendo.

Decido no caer en decepción, y me dedico a esculcar en los rincones de las casas típicas. Es así como entro a una de las chozas más pequeñas de todas. Sin pedir permiso, sin tocar si quiera por cortesía la puerta que ya estaba abierta, entro con algunos del grupo a la humilde vivienda indígena.

En el centro, como parte de la escenografía étnica, una vieja mujer dedica sus manos a la faena de preparar casabe. Difunde la masa gentilmente sobre el budare caliente y la esparce con constancia una y otra vez, moviendo sus dedos en la misma dirección infinitas veces. No levanta la mirada, su ritmo de trabajo no cambia con nuestra abrupta llegada. Nosotros no estamos ahí.

Sus manos se dedican al exclusivo propósito de pasear la yuca molida por el fervor de la piedra, sin importar ser objeto de observación, sin notar los clicks indiscretos de la cámara réflex del hombre italiano que se le acerca cada vez más.

La mujer no parece estar al tanto de que a pocos kilómetros de ella hay un colegio, una bodega, una calle de cemento y una estación militar, donde jóvenes de dieciocho años manejan armas con la misma ligereza que con la que ella manipula el budare.

En ella se detienen los minutos, en el movimiento rítmico de sus manos se congelan los años que han desplazado las ancianas costumbres que alguna vez reinaron en esta población. Ella se impone ante todo, como retándonos silenciosamente con su estilo de vida.

El ritual en el que está sumergida la olvida del resto de la población, o la hace olvidar, no sé bien, porque la mujer nunca habla, apenas respira, como hipnotizada en un exilio voluntario.

Adentro, en el corazón de la selva amazónica aún se aferran nuestras raíces, escondidas en casas de bahareque y techos de palma, negadas a dejar de existir.

Karina Gallardo


Huesos Celosos


Ahí estabas,
devorándote ese muslo
esos tejidos claros y oscuros
esos labios sin piel, sin sentido.

Ahí estabas,
como un cadaver
de cuevas escondidas en el vientre
y tallas molidas en las uñas
enrroscándote como un tornillo abandonado.

Ahí estabas,
nadando en el olor a pesadumbre
en el olor a olvido, en el olor sin aroma,
sin nariz que recuerde oler.

Ahí estabas,
escurridizo como una culebra,
respirando en varios oídos a la vez.
Ser sin cuerpo,
que vive de otros
alimentándose de sus dudas
de sus dulces y amargas dudas.
Raquel Abend